tendencias modernas, dormir en la calle
Hay un peso significativo en el libro como carga y como amuleto: hay quienes cargan la transición del diario vivir con piedras mágicas de propiedades milagrosas, quienes incluyen dólares en las billeteras o esgrimen cruces con fines de protección o supersticiosa manía de un temor inconfesable. Hay quien me aseguró que llevaba siempre consigo, en un bolsillo de la billetera, un sobre de papel cargado de lentejas. Su terror inconfesable, quizá: que la muerte los encuentre como un sicario al muñeco que queda tendido en el suelo y vienen los niños de la cuadra a picarle los ojos con un palo. No es raro, entonces, pensar en el aura mística del libro que viaja a la par del cuerpo, como un talismán de sobrenatural protección –o no es el que un libro haga un bien, en tanto material orgánico de la cultura en sí mismo, sino que a medida que se perciben o inyectan los microcosmos literarios en el objeto, éste pasa a ser el registro de aquella tentativa de ánima–, incluso siendo éste no leído: si no se viaja leyendo, se viaja con la existencia intrínseca del libro de todos modos, como si fuera en sí mismo un objeto cuya naturaleza excede lo mundano. No es que los libros sean criaturas o infantes ávidos de dependencia paternal, o que todo libro sea una escritura sagrada: tal vez algún tipo de presencia de lo que alguna vez estuvo habitado se reconoce, como una suerte de territorio donde alguna vez podrá germinar alguna enredadera mental, una pregunta más. Una obsesión, un interrogante reiterativo, un sueño recurrente –pesadilla que insiste–, un mismo tema del que se narran varios o todos los libros.
Se viaja con libros para que vigilen el sueño del viajero, que lee
poco o nada, que apenas vislumbra los párrafos primeros bosteza de flojera y
vuelve a cerrar el tomo que, de todas formas, nunca avanzó desde la segunda
página. Más tarde, los libros descansan en mochilas o mesitas de luz, donde su
función es claramente permanecer cerrados y no interrumpir el descanso del
viajero: pocos son los que leen antes de dormir, ya que la mirada se desliza
incesantemente en registros de matanzas y bombardeos, ajustes de cuentas y
crueldades gratuitas de los así llamados semidioses. Quién augura que habrá
tiempo para leer un libro, sino para dejarlo juntar polvo, olvidar incluso
aquellos párrafos primeros que jamás imprimieron sensación alguna, y finalmente
se reúna con las otras mentiras del vicio de fingir una vida: esos son los
agujeros en la chapa del universo por donde se mete la cara para que se tome la
fotografía. Viajeros de la vida o lectores de solapas, indiscutidos fabricantes
de frases de ocasión que son la contratapa de la certeza, llevan y traen
libros, los amontonan a todos o al mismo, los muestran y más tarde ignoran,
como a esos hijos que se abandonan varios pueblos atrás, por bobos o inocentes,
por defectuosos o de inminente implosión, no habrá nunca una procesión en la
que los saquen a pasear rogando por su suerte.
No la suerte del cuerpo, seguramente, que apenas si vale el ultraje
al que será sometido. La suerte del espíritu, tal vez, que no es más que un
desierto infinito donde no hay posibilidad de palabra porque no hay boca ni
lengua: quizás hay sed, eso no puede saberse con seguridad. Si cabe en ese
desierto la posibilidad de una renuncia final, sería un cuerpo aplastado bajo
el enorme peso de los libros que no leyó: las lecturas que le quedaron
pendientes, los tomos prometidos que nunca se devoraron, y el agridulce
deslumbramiento racional de saber que de todos modos jamás íbamos a tener el
tiempo suficiente.
***
Una mañana de verano, Hunter se pega un tiro en su cabaña de
Colorado. La bala le atraviesa cualquier sentimiento de inmunidad que la
escritura puede otorgar. En su diario, escribe unos días antes, “tengo ganas de
dispararle a algo”: extraña la cacería, y quiere apuntarle a alguna cosa y
disparar. Ciervo, conejo, comadreja, zorro o humano. En realidad, no es que la
escritura otorgue inmunidad contra el mundo de lo soluble, sino que en todo lo
que hay escrito hay algo de volátil, algo de tormenta eléctrica. No se trata de
un milagro, sino de un acercamiento a la catástrofe moderna de lo inefable: no
se escribe aquello que se mata.
“Nadie empuja al suicida, él salta porque no puede más”, canta
Dárgelos, y no es que haga apología del escopetazo intimista, sino que tal vez
elige medicar la depresión del dios, no la depresión hecha canción del mortal.
En internet, los comentarios son siempre otros y son siempre los mismos: “el
que se quiere matar se mata y no avisa”, “un negro inútil menos”, “matarse es
la salida del cobarde”, “si tenés bolas para morir deberías tener bolas para
vivir”, “suban el video”, “otro que quiere llamar la atención”. La polifonía
del desfasaje morboso como tradición argentina y como campo magnético, le
fastidia la divergencia, se regodea en la incomprensión, hace alarde del no
trastorno. Algo irradia la muerte cuando es ajena y violenta: alguna
interrupción en la cadena de eventos se contrapone a la conspiración de seguir
un camino bañado de sangre.
Por lo general, los autores (novelistas, filósofos, pensadores obsesivos o poetas del submundo) suelen desesperar los credos hasta el día en que los medios aseguran que las causas de muerte fueron asfixia autoerótica o sobredosis de barbitúricos: muertes sofisticadas de la farándula, con el cierto grado de violencia autodestructiva de las estrellas de rock o los entredichos de Hollywood, para resguardar a la población de los verdaderos y espeluznantes (a veces vacuos) detalles de la vida que implosiona. Sylvia Plath, David Foster Wallace, Alfonsina Storni, Mark Fisher, Vicente Luy… Los autores que más reaparecen se han matado tristemente, en su mayoría después de años de batallar contra la salud mental, como explicitan sus familiares en notas de prensa. Aseguran que las razones superlativas por las cuales estaríamos dispuestos a matar o morir, son en realidad puras banalidades sin remedio ni mayor profundidad que la de un charco de agua sucia en una vereda ajena. Pero el charco tiene forma de luna llena, eso es lo hermoso en lo terrible.
***
A medida que las cuadras avanzan o las dejamos atrás, se multiplican
los cuerpos oscuros: teñidos de mugre y hollín, duermen o están desmayados. No
es que sean bolsas de basura, y en su silencio residual se replican las auras
de una existencia enjuta que cruza torpemente las calles, duerme a la
intemperie con resuelta miseria. “El otro día tuve que salir por un encargo,
media hora nomás, iba pensado que tenías razón: hay más gente durmiendo en la
calle”. Entonces hay una etnografía compleja sobre el ascetismo urbano, conocido
como linyerismo: no es lo mismo el que duerme en la plaza que el que duerme en
un cajero automático, que es tendencia. Sobre el que duerme en zaguanes y casas
coloniales abandonadas no se habla, por lo del juicio de sucesión. Son cada vez
más y no es que se conozcan: todos locos, hay uno que duerme con un pesado tomo
de enciclopedia abierto sobre el rostro para cubrirse del sol. “Se hace el que
lee”.
***
Cuando niño, pensaba que esos que andaban botados en la calle eran
lo que se denominaba budistas.
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