mísero heroísmo
Vivo en la era del desapego y eso me da mucha tristeza. Los días en los que la vigencia de las convicciones y las palabras se disuelven a las dos semanas. Solo duran eso, lo digo en serio, dos semanas. Ya decía el viejo Marx que esta es la época en la que todo lo sólido se desvanece en cualquier parte, en la cama, debajo de la regadera, un fin de semana en la playa, en un congreso, en una fiesta, y eso, se los juro me da mucha tristeza.
Soy de esa gente que piensa que las personas, los perros, ciertos amigos, no todos, porque algunos se lanzan unas cagadas insalvables que lo que dan es pena, bueno, que ciertas cosas, libros, recuerdos, son insustituibles. Soy de los que todavía están convencidos de que las personas son como los árboles, y la idea de que dos mil nuevos árboles jóvenes, o dos, o uno siquiera, sean un reemplazo conveniente de unos mil árboles, o dos, o uno, que en muchos casos tienen cien años, o diez, o dos o uno, es realmente ridícula.
Hay personas que se comen el cuento de que todo da lo mismo, un café brasileño, un mate, un vaso de agua, una cocacola, que creen que lo que vale es tomarse algo, y por eso se llevan por delante, no mil árboles o cien o uno sino un parque entero, que no les importa si absorbía el agua de lluvia o si les daban pasto a las vacas. Eso es lo de menos. No les importa. Ese es el tipo de oscuridad que nos rodea y me da mucho miedo, porque al parecer todo se reduce a lo mismo, o lo que es peor, da lo mismo.
Es importante tener claro que no somos tan importantes. Eso es verdad pero también que somos insustituibles. Vivimos tiempos de decadencia y es difícil prever cómo terminará todo. Mucha gente se ha acostumbrado a una vida que se basa en la lógica de la sustitución. Recuerdo un momento ridículo en el que estaba caminando detrás de la jeva por Buenos Aires. Yo tengo las piernas cortas y ella muy largas, entonces tenemos una manera muy graciosa de ir a la par, siempre voy a su lado como trotandito y ella como enfurecida, aguantando el paso, esperándome. La gente no se burla de mí pero me mira de forma extraña porque mientras ella anda de lo más normal, yo la acompaño tomándole la mano como desesperado, como un perro cojo, jadeando.
Bueno pero eso no es el cuento, resulta que ese día andaba sin interiores. No sé qué había pasado. Creo que había ensuciado todos lo que traje en la maleta. No sé. Lo cierto es que necesitaba comprarme unos nuevos y luego ponérmelos donde pudiese, en el baño de un café o un restaurante, donde hubiera suficiente espacio para sacarme el pantalón y ponérmelo de nuevo. Pero ese día estábamos en un barrio caro, en Palermo, y era imposible elegir algo que fuese acorde a mis expectativas, porque habíamos entrado en un centro comercial donde solo había boutiques de tipo Dior y esas marcas que le encantan a la jeva, y que reitero, son carísimas. Yo quería entrar en algún supermercado y comprar algo barato. A mí me gusta bastante la distribución de ofertas de todos esos comercios estilo Día, Carrefour, Changomás. Me gusta porque todo es barato. Admito que por un lado soy profundamente miserable, y por el otro, odio toda la parafernalia que gira en torno a las marcas. No sé por qué pero me resulta ridícula. Lo cierto es que no compré nada y tuve que pasar el resto del día con las bolas guindando. Ella se puso furiosa conmigo porque soy un miserable, pero hoy que no la tengo cerca, burlándose un poco de mí la extraño, porque no puedo conformarme con la idea de la volubilidad, de la fugacidad de las personas, los árboles y las cosas, porque todavía me resisto a aceptar la idea de que esa lámpara que tengo al lado de la cama, sea sustituible y no signifique nada. Ahí reside mi pesimismo porque si lo es, entonces para qué tendríamos que hacernos ilusiones sobre la vida. La gradual difuminación de las ilusiones, el sobreponerse a ellas, no es algo necesariamente malo; al contrario, es un pesimismo sano que exige grandes dosis de heroísmo.
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