intimidad sigilosa de la espera


a Cayetana 

Un día empezó el frío. Después de amaneceres largos, noches cansadas. Era el viento a través de la ropa, esa brisa de la que se dice atraviesa los huesos, hecha del intervalo entre que deja de hacer calor y el aire se hiela con las primeras nubes, la ropa liviana no parece abrigo suficiente, la idea de no saber cuánto más para después, si en el primer destemple entraran ya las mangas largas, las capas de polietileno para aislar el cuerpo del afuera húmedo que aguijonea. Durante el atardecer, el ocaso sucede como lejano, efecto del tono fresco que abre distancia entre el cuerpo y las cosas de las que éste se sirve. El banco de cemento, impenetrable, indiferente, incómodo sin respaldo, el pelo frío del agua intangible de las últimas lluvias. Debería sentir más con cariño este vaho viscoso y de hielo porque con las semanas respirar va a secarse. Pequeños esqueletos, mocos, juegan en el parque. Oscurece. Se enciende el alumbrado público. Estamos en viñeta, a los costados rugidos de autos pasan, recuerdan todavía la sangre ir de un lado a otro por las arterias. El movimiento, esa forma de lo vivo. Bajo techo la tibieza del aire de la tarde quedó atrapada tras las ventanas al interior. Recuerdos del sol temprano. La noche silenciosa, los ritmos de aires que van y vienen en los que duermen. El compás invisible del pulmón colectivo, de alguna manera creo en ese orden inquebrantable del caos. No hubo sonido, palabra, que no sonara frívola la madrugada de la muerte. Pero después del sueño, precario escape, la muerte y su silencio volvieron. Supimos que hablar de cualquier cosa era para no hablar de quien ya no estaría, en un intervalo que era un puente para llegar a despedir su cuerpo. La materia de alguien, que es lo que queda y también hay que dejar de mirar. Como si esa paz del último día fuera una gracia que se le solicita a quien yace deje un poco a quienes todavía escuchan el rumor del torrente debajo de las sienes. Y quien yace dijera está bien, consiste en estar tendido y permanecer, aguas quietas, párpados en descanso. Las palabras estuvieron en reposo no porque no estuvieran, es un cese sin espera, una reverencia del lenguaje ante la gracia del gesto. Aquella coreografía de pies inquietos en simulada serenidad, alrededor de, por fin, quien apagó los argumentos, la risa y el cansancio. Por fuera de la ambición y lejos del esfuerzo de la renuncia, no hablar, no pensar, se propagan cual aura del interior aquel, sí, que probablemente también se descompone pero interior al que tampoco sus larvas le importarán, más seguro que probablemente. Y la tarde soleada, las copas de los árboles pesadas contra el suelo, ramajes largos y espesos, verde oscuro, verde misterio, verde de pantano contento, sobre las cabezas roídas de basta, de límite, devuelta la mente del estómago del sentido y los desvaríos de la causa y el efecto. Un presente. Hojas secas debajo de los pies, un crujir se superpone sobre el gemido de lamento de quien busca todavía explicar para entender que se fue, no más ver ese rostro y dejarlo debajo de la madera, debajo de la tierra, algunas flores por encima para el camino contra el olvido. Cuatro pies se alejan del ritual agónico de hacer que permanezca lo que ya no está, el momento impar en que el átomo se vacía de presencia. En ese cuerpo vivían historias y ahora sobre los pasos sobrevuelan recuerdos que ya no en aquel que allí quedará, último desplazamiento, fin de juego. Habrá quien al mirar desde aquí, todavía intente hacer ganar la partida para no correr tras la puerta al otro lado, donde los vivos no llegan mientras vivos. La tarde soleada, en un banco en el parque con tantos huesos debajo y tantos huesos arriba, la tierra verdadero horizonte entre el cielo, quienes de este lado, y el desconocido murmullo de la hierba. En una secuencia muda al evocar pinta lo que alcanzaba la mirada, con la nitidez de la cámara, una película muda. 

 


Maira Rivainera  

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