ideas sobre Laiseca


Alguien mencionó Laiseca y agregó casi en trance que allí se le figuraba el idioma de los argentinos. Descreo, sin entusiasmo. La resonancia en mi cabeza de la frase “idioma de los argentinos” hace desfilar los nombres de Borges y Arlt en sus artículos homónimos contra Moner Sans; más para atrás Lucien Abeille y su Idioma nacional de los argentinos. Pero, ¿y Laiseca?

Laiseca: un tono y una ¿ética? Los textos laisequianos, estimo, no son corrosiones de la realidad sino la etnografía desvelada de realidades entrevistas en los sueños de la razón. ¿El procedimiento? Sarlo comentó sobre La hija de Kheops que estaba construida sobre dos pilares extraños a nuestra cultura: “una relación previsible y ordenada con la muerte” y “una relación distinta con la ciencia”. ¿El efecto? Luis Gusmán, en su reseña sobre las Aventuras de un novelista atonal, menciona el “efecto de estilo tendiente a la ruptura de códigos literarios anteriores” (pensemos también en Puig, Lamborghini o Piglia). ¿Cómo clasificarlo? Piglia reconoce que Laiseca no puede pertenecer a la tradición de la literatura argentina porque la literatura argentina no pertenece a la tradición de Laiseca. ¿Y el idioma de los argentinos?

Si la lengua entraña dentro sí pendientes y peligrosos procesos de reorganizar la realidad (o lo nacional), ¿qué otras alternativas también contiene? Masotta afirmaba que el Saint Genet de Sartre fue escrito para el proletariado, pensemos ¿para qué clase escribía Laiseca? Para ninguna o para todas: para lectores póstumos. Ya fuera como arqueólogo del futuro o utopista alegórico, la lengua en Laiseca se coordinaba entre el eje del exceso temático y el eje de la desmesura lingüística, apelando a la discontinuidad en el tiempo, y la intensificación en el espacio: “lo que no es exagerado, no vive”, dijo alguna vez. Sería pretencioso aseverar que Laiseca no escribió en el idioma nacional de los argentinos y prefirió el idioma extraterritorial de la literatura, ese que casi siempre es anacrónico.

El gesto y la gesta de optar por los brillos secretos de la crónica de una lengua y de un mundo posible –no menos atroz que este pero quizás más feliz– fueron los tonos de los que pudo intentar librarse la atonalidad de la escritura laisequiana: la conjeturable respuesta bárbara al realismo idiota y la sintaxis alambrada de las burocracias literarias. Ignoro si –como afirma Conde de Boeck– la literatura para Laiseca debía expresar alguna visión del mundo; lo que no me olvido es que el otro nombre de Laiseca fue Jesús. (¿Será el laisequismo y su apostolado la solidificación de tanto temblor mareado en la lengua?) 

 

 

Héctor Chaile  

Comentarios