cultivo de la nada


Lo que alguna vez fuera mecerse en las palabras, en el significado, ahora la palabra lo cobra en laconismo de la frase. Una coerción como destino, de hacer existir la imagen aunque el sentido caiga. Horas frente a las páginas de lectura, más las horas de rechazar pensar y, a cambio, trasponer el tiempo del pensamiento al tiempo de la letra dibujada. Rituales ópticos drenan las cosas del plomo de la realidad. No hay qué decir frente a la página en blanco y, no obstante, el deber de resucitar del silencio la composición sonora de lenguaje. 

En la intemperie, sin techo, a solas el cuerpo con los vahos de la idea, ante el desierto se escucha lejano el viento, cómo responder al pedido de escritura con algo cuando el fondo es necesidad de texto para empapelarse el abismo. En la noche como en el amanecer, al regresar de la pesadilla al sueño de los ojos abiertos tanto como durante el cansancio cuando comprime la carne contra los huesos, sobre la silla o de pie, en la calle y entre las conversaciones cálidas con quienes viven todavía, la pregunta de estar otra cosa que escribiendo aúlla y engendra sordera existencial. Para que no fuera este saco de huesos solamente una bolsa de pus que deambula las sombras frescas, húmedas, de lejanos jardines de otros, espía, paria, mendiga, tendría que asumir que al menos algo sea real e irrefutable, que toda vez mientras la sangre corre y los sentidos reciben, la sombra plateada y opaca de la escritura acompaña en silencio la inutilidad de esta voz contra el silencio. 

De ahí el hablar de nada, la vergüenza por decir no de algo en particular o cualquier cosa; así y todo, el imperio de ordenar las palabras, tasarlas, medirlas, descifrar el alcance de cada una y acotar mediante muros de otras palabras allí donde límites indefinidos evaporan el suelo. Si ellas traen el quiebre, a cambio reciben composición de quietud, el tratamiento de suspenderse el camino unas a otras contra las ráfagas del sentido. Estabilizar los significados por un rato, en un cuerpo textual duro de sedimentos. O bien, la propia muerte exista en ese extraerles el mármol pesado en que se asfixian, pesadumbre rudimentaria, definiciones coaguladas, las palabras como burbujas de vidrio que quisieran estallar al tacto sobre alguna púa, alguna hoja en una rama, algún soplo o una mano, tibia, torpe, que en su intento por tocar el tornasol lo apague. Para morir otra vez, estallido en mónadas, lo que sucede en ciclos al leer, la palabra, el significado, el sentido, las letras cada una se dispara hacia el baúl del caos. En reposo ahí para en algún momento haya con qué recuperar aquella mañana cuando, después de una sucesión de amaneceres a las seis, como de pronto, un día clarea recién a las siete, asoma la roca de este lado al lado de la estrella. Ese día cuando empieza a dejar de hacer calor y llega la noche a su cénit de oscuridad en el tempo de los astros. Para pintar, una vez idas estas cosas, como si hubiera un poseer de otra materia que los átomos. 

Una partida vis a vis contra el espesor de las cosas que amenazan el lugar de la presencia inextinguible, respiración, pulso, de ese hábito de electrones de girar con la forma de un rostro que es el propio rostro, las manos que son las que se tienen, los pies cuando duelen a veces, de tanto calzado, de sopor, de estar al fondo de la construcción, ampollas de los pasos en la tierra.  



Maira Rivainera

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