cuerpos
Siempre hay un
cuerpo, la mano que escribe, el pulso que late, los músculos que se tensan y se
relajan. El texto mismo es un cuerpo, armónico o desmañado, erguido o
encorvado, ágil o parsimonioso, que va tomando forma al correr de la pluma o al
golpe del teclado. Ese cuerpo se desliza por la página como un bailarín en el
escenario, o como un tigre atravesando la estepa. A la vez en esa escritura se
habla de cuerpos, de lo poco que los sentidos nos aportan, de lo supuesto, lo
conjeturado como vivencia, como emoción o como sentimiento. Son cuerpos que
devienen pensamiento como Meursault, rabia como Antoinette, o dolores como el
coronel de García Márquez. Desde las epopeyas griegas las descripciones de los
cuerpos ocupan un lugar preponderante en los relatos, hace falta nombrarlos,
describirlos, detenerse en su potencia o en sus faltas; ponerlos en un lugar,
darles movimiento, mostrar como lo ven los demás o como se ven a ellos mismos.
Todo esto puede estar dicho, sugerido o figurado para sostener una historia,
así hablamos de personas a través de animales, como en Rebelión en la granja o
las presentamos en relación con objetos que las van diseñando como los hermanos
de la casa de Cortázar. Ningún cuerpo es estático, se transforman
constantemente por la edad, por el rol, por el ambiente, por sus propios
conflictos o porque en su origen está la mutación como Frankenstein, el doctor
Jekyll y la máscara de la muerte roja de Poe. Disfraces, transmigraciones,
travestimos, multiplicaciones, doppelganger, clonaciones son otras tantas
maneras de torsionar los cuerpos y las identidades. Pero también está el cuerpo
ausente, como William en la novela de Paul Auster, Godot en Beckett, o Gabriela
en la novela de Cecilia Pagani; son nombrados, delineados, señalados dan
sentido e intensidad al texto justamente con su ausencia. La ropa, los gestos,
el hambre, la saciedad, la avaricia, el dinero, el poder, la crueldad, la
violencia, la muerte, se inscriben en el cuerpo y la escritura literaria los
recupera para volver a mirarlos, analizarlos, dejarlos avanzar o verlos caer,
con una mirada crítica o afectuosa en ese gran universo de la ficción. Y cuando
parece que ya no queda más nada qué decir, escuchamos a Baldomero recordándonos
que el cuerpo tiene también un mundo en su interior: “Harto ya de alabar tu
piel dorada,/tus externas y muchas perfecciones,/canto al jardín azul de tus
pulmones /y a tu tráquea elegante y anillada”.
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