para traicionar la realidad
Ruido blanco la calle, lluvia contra el piso y lenguas de caucho al ras del alquitrán componen el canto. Llegaron libros para el tacto, la mirada, el oído agotado de sentido común. De un tiempo a esta parte leer se tornó un brazo del hastío, cenizas secas, desazón contra el átomo, las palabras no son ni de cerca lo más importante y es un hecho que ya casi ni pesa. Leer realiza la respiración de la noche, ella que hace un fuera de tiempo invivible cualquier día, el tiempo en las líneas se opone a lo obligatorio. Debería estar siendo otra cosa, en lugar de lo cual la lectura. Con veintisiete elementos se configura el desvarío de sentidos. El sueño del cuerpo accidentado, moribundo, que advertía sobre los fragmentos de cuerpo desparramados por un sendero en descenso; el sueño del rally de Tarantino, brutalidad que atraviesa la compacidad de la carne. En la parte de atrás de un auto hueco para filmar, una cámara debajo del vidrio blindado sobre el que impactaban piedras justo por encima de los ojos. El ojo, el vidrio, la violencia de la velocidad. El despertar aquel, de decir qué rápido pasan los días, despertar, comer, dormir, despertar, rutina, dormir, así, en sucesivo. Sin freno.
En un punto quieto debajo de los
ojos hablar descansa en reposo inerte. El nombre un resucitado, féretro con
sonidos, apacible, doméstico. Afuera las cosas hicieron un parche caliente en
la superficie de la piel, la frontera con el aire arde, quema, desespera sin
sobresalto en una constante extendida, a prueba del asombro y de lo que todavía
no. Adentro el vacío se impuso a la frase escrita. Contornos de la muerte,
falta el hambre y duele el estómago, la cabeza, el órgano auditivo adentro
irritado, la vista se resiente con el sol, la luz blanca y el viento. Púas
afiladas amenazan el andar, descargas de adormecimiento sacuden la nuca, el
cerebelo atrás en la base de la cabeza, la contractura empieza ahí y termina en
el lenguaje. La palabra calla y suceder cesa porque la imagen se desploma. El
núcleo repele en efecto magnético el polo del significado. Decir insiste y el
núcleo cierra los ojos y contempla a la diosa opaca.
Amiga llama a José para que le
limpie la casa, ordene y arregle. Lo que él hace es ocupar entresijos con cosas
inútiles pero probables. Cosas de uso descartable, pero para José podrían
servir otra vez. Una bolsa color rosa chicle que dobla a la mitad y encaja entre
un mueble y la pared. Es la manera como José se relaciona con la finitud, la
pone en reposo, la guarda para después; arrojarla al olvido, a un jamás ya,
implicaría reconocer que termina ahí. Hay solo una ocasión para algunos objetos,
un tramo de años para un cuerpo. Será porque José está enamorado que llena los
huecos, será que sabe para la sed el agua, para el hambre el pan y para el
placer, su novio. Norma en cambio, cuando ordena arma en pilas e islas,
conjuntos arbitrarios de hechos; hay un cuarto en casa de Amiga, que nadie
habita y ahí Norma encontró un habitáculo para lo que no corresponde a lo que
se busca en la cocina, en la biblioteca, en los otros dos cuartos de dormir o
en el baño. Su relación con el fin de las cosas es que pierden jerarquía, pasan
a ocupar el mismo plano amplio que el resto de mónadas sin dueño, el tiempo y
el desuso hará de los objetos olvido y basura impropia. Quizás tampoco entonces
pueda deshacerse de las chucherías, Norma inventa un bazar para la muerte, en
el que polvo, oscuridad y la quietud acompasan el lento declive de la vida en
la materia.
La pesadumbre con los párrafos por el rumor en ellos de la pretensión edificante, esa peste de traducir el reflejo en el charco contra la evaporación del rostro. Por efecto del aburrimiento, leer consiste en acosar con la mirada páginas, sin asombro, interés o atención siquiera. La culpa es de la pulcritud de los trazos, definida en contraste a un fondo límpido la parla sin rispideces, mierda de artista en lata. Fatiga de la que se encuentra descanso en trazos sonoros de puño y letra, algo en la grafía repele el silencio que hacen excelsas líneas de música vacua. Un cuarto empapelado de Basquiat, cuadernos de notas, papeles donde descifrar la forma. Banalidad en la espuria tarea de perseguir lo que alguien habrá querido decir, hace cuánto la metáfora desocupó la mente en el habla y al leer todavía alguien insiste con aquella estructura alusiva que corroe la forma encontrada al caos en el lenguaje.
Hay varias maneras de indicar y ninguna retórica anula la espera inconclusa. A veces leer deja en el umbral, ni al otro lado ni de este, como si la palabra dijese sobre la realidad, si fuera fácil admitir que a la realidad hay que inventarla. Entregarse a erigir la farsa de decir las cosas como fueron engendra el encanto de renunciar a las labores de la verdad y disolver el ánimo empirista. La pelea de dejar contra las cuerdas el cuerpo en el límite, al costado de la trama en austeridad porque si requiere tanto ribete tal vez un poco esté fantaseado y la fantasía queda al frente de la ficción. Esta, en cambio, trastorna el hábito, un tramo de intangible a disposición de la idea.
Maira Rivainera
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