olores


Los libros tienen siempre un olor particular, no es el papel, no es la tinta, no es el tiempo o quizás es todo eso y algo que emana a medida que vamos leyendo o escribiendo. El pulso del autor, las tensiones de la mano, la fuerza de los dedos, el amor, la rabia, la decepción que los empuja. Es un cuerpo que deja una huella, un rastro que ¿se olfatea? Pero también los personajes huelen, destilan olores que atraen, que seducen, que inquietan. ¿Cómo olería la vaca que se lleva la creciente en el cuento de Rulfo? ¿Y los trajes de Madame Bovary? ¿Y los campos castellanos de Machado? Los olores tienen pocos adjetivos y no queda otra que recurrir a imágenes y metáforas que traten de capturar ese efecto que siente el cuerpo. Al escribir nos ocupamos de los ojos o de las manos pero poco de la nariz, salvo Quevedo con “érase un hombre a una nariz pegado” para zaherir desde lo hiperbólico, desaforado o monstruoso. O bien recurrimos a los animales, sabuesos olisqueando entre las sobras del mundo o como Flush que extraña el festín de olores de Italia, o los perros de Fontanarrosa en las calles argentinas, caminando tras los efluvios de sus propios congéneres, o la gama de Quiroga que aprende a oler las hojas, el viento y el tigre. Hamlet dice que algo huele a podrido en Dinamarca, Olivia en boca de Marco Polo es una ciudad olorosa de cueros, Buenos Aires huele a sangre en el matadero de Echeverría y así, los lugares atravesados por el amor, el odio o los recuerdos se impregnan de tufillos o bálsamos. Pero sin duda Grenouille será el personaje por excelencia para pensar en el olfato y su potencia obsesiva y destructiva, no tener olor y a la vez percibirlo de manera extrema se transforma en un camino de destrucción. Escribir implica mirar, escuchar, percibir, pero también gustar y oler como Proust y su famosa magdalena. ¿A qué huele usted? ¿Y sus personajes? ¿Y las ciudades y épocas que construye? ¿O se alía con esta época desodorizada e insulsa?  



Ana Gutman     


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