matas gigantes

 

En una urbanización de la ciudad donde nací, que está ubicada entre la autopista regional del centro y una montaña árida y pedregosa, descansa una pequeña cruz que da la impresión de encabezar un antiguo cementerio. Las calles de esta urbanización tienen nombre de planetas: Neptuno, Saturno, Venus, Tierra, de manera que si la ves por la noche desde lo más alto de esa montaña, entre los postes de luz a medio encender y la soledad del asfalto, da la impresión de encarnar un pequeño cosmos de feligreses sordomudos. Si, por el contrario, te montas en tu automóvil, enciendes el aire acondicionado y conduces oyendo la sinfonía Nuevo Mundo, te imaginas que viajas a 40 km por hora por la vía láctea de un Stanley Kubrick que nació en el Caribe. 

En las aceras de esas calles tan solitarias todavía hay árboles. Durante años algunos poetas atribulados han intentado contarlos pero son demasiados. Terminan perdiendo la cuenta porque a esa hora están demasiado borrachos. Los recién casados que se mudaron a ese barrio los sembraron pensando en el futuro de los hijos y los nietos. Esa camada de ingratos que los dejaron solos. La alcaldía gasta la mitad del presupuesto de todo un año tratando de podarlos pero la gente conserva la mala costumbre de salir a regarlos. Es lo único que hacen todas las tardes, mejor dicho, es lo único que tienen que hacer después de tomar la siesta, para matar el aburrimiento. Es por eso que aquellas matas gigantes no dejan de multiplicarse y crecer. Piensen que allí no hay otra cosa qué hacer, lo digo en serio, bueno, tal vez salir a caminar con las vecinas. Todos están muy gordos para animarse siquiera a echar una corridita. Además, detestan sudar. Les da asco, les parece antihigiénico, un exabrupto de gente pobre. Entonces, se ponen una ropa de marca, shores y camisetas olímpicas y caminan con calzados de maratonistas unas 10 cuadras y media.

Muchos de los árboles son quebradizos. Nadie lleva la cuenta de la cantidad considerable de hijos de vecino que se han llevado al otro mundo ciertos días de lluvia. Nadie se queja porque en su momento se les advirtió por altavoces que las tardes de aguacero o mucho viento, está terminantemente prohibido salir a la calle. Pero como a menudo pasa con todos los hijos malcriados y consentidos de papá y mamá, nadie hace caso a las advertencias. Y bueno, algunos se murieron. Los incontables Jabillos, Ceibas y Apamates de raíces hinchadas que todavía siguen en pie han agrietado las entradas de la mayoría de las casas. Creo que esa ha sido su forma de vengarse del intento de ecocidio implementado por el alcalde. Estoy seguro de que esos accidentes impredecibles son lo más interesante que de vez en cuando ocurre en aquel lugar.

Yo crecí en una casa que alguien empotró en una de esas manzanas cuadriculadas, en una casa igualita a las demás casas que fueron construidas para profesionales recién vestidos de los años 70. Digo esto no por resentimiento sino porque salvo que sea por un delirio de ostentación, ninguna familia pequeña necesita comprar una vivienda de 5 cuartos, dos salas, un comedor con ceibó, 4 baños con bañera, uno de servicio para la muchacha de la limpieza, como si esa muchacha viniera a casa con una enfermedad infecciosa, y un patio trasero donde hay una pequeña construcción.  Esta especie de cuarto es usado la mayoría de las veces para almacenar peroles viejos, bicicletas oxidadas, rumas de periódicos subrayados, botellas vacías, cauchos inservibles, alguna silla rota y una piscina de plástico que costó una fortuna y nadie supo armar.

Al final todo termina en estado de descomposición por efectos de la humedad que se acumula con los años en las paredes o por los estragos del polvo que atraviesa los ventanales.  Al fondo del patio hay un árbol que da aguacates una vez al año y que nadie se come, dos carros descompuestos que mi papá todavía lava con orgullo todos los fines de semana, con la esperanza de que va a conducirlos de nuevo por la avenida Bolívar, bien acompañado, y casi lo olvido, un muro de los lamentos coronado de vidrios.

A veces, cuando paso el día echado en la cama sin ganas de levantar, con la modorra del domingo encima, vuelvo a esa casa y pienso en la importancia que le damos a las cosas innecesarias. A mí me pegaban cuando olvidaba pasear al perro o echarles agua a los helechos del corredor. De la grama por supuesto no queda nada y de los helechos menos. El perro se murió de viejo. Por eso nunca entenderé por qué le damos al menos 20 años de nuestra vida, una hipoteca, la virginidad, las noches, los días, las rabias y el sudor, las cenas, los desayunos, los almuerzos, a un planeta abandonado. Sin pensar que en pocos años todo esto se iba a transformar en una fábrica de polvo, en un nido de alergias y televisores apagados, en una guarida de culebras enfermas, en una ciénaga, en una pena irónica, sin lugar para la tristeza. Nunca entenderé por qué ciframos nuestros anhelos en el proyecto de construir un paraíso perdido.   



Francisco Javier Ardiles


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