la moda de las tortugas
las caras brillosas del sofoco por el aire
denso, sin brisa, la vereda en una silla incómoda donde la columna se entrega a
la derrota del desvío, bajo un techo que destila perfume a plástico ajado, a
partir de un momento en la noche el sorbo tibio se mezcla con la pena por el
tiempo que, en definitiva, es de base nostalgia por los errores ya ensayados
humo, de fondo la certeza del timbre burlón de un
acorde frasea entre la sorna y lo carnavalesco. Desde lejanías empieza a proyectarse
la mente en imágenes, signos compuestos de memoria sentimental, fue reformulada
tantas veces la variación posible del empalme de hechos con palabras para que
la ruina ceda y la última piedra caiga al agujero. Sobrevuela la mirada el
mundo que, pese a todo, sucede afuera. Pasan motos y dejan ese halo de aceite
quemado y polvo, espectros de risas, rastros de vidas
cómo podría ocultar la somnolencia en el rostro
a la exposición ante la curiosidad malsana de los unos. Ellos, esos, los tales,
quienes se encuentran en sus nombres, alguienes cuyos recuerdos les hacen de
horizonte, despiertan a repasar la pregunta quién soy, la secuencia de
respuestas más o menos soportables a la necesidad en la pregunta después de
nacer
habría que poder pensar en algo, una historia
que trajera el bálsamo al desencuentro con el mundo, ese exterior que repele el
caos, cada quien anda sobre los rieles de su inercia. Si pudiera cobrar algún
tipo de densidad, la del humo
un cigarro tras otro, la garganta balcón anular
de hierro recién forjado, rojo vivo, magma puesto en forma, en el vacío flota a
distancia constante del gigante gaseoso, nube arenosa de la galaxia. Susurro es
que atraviesa las palabras y se desplaza paso por paso sobre la velocidad de la
piedra que gira a distancia precisa del cuerpo de Saturno, no hay superficie
sino infinito que figura a la vista suelo
el texto del pensamiento, remaches de sentido sobre
el sonido insistente del habla. Alguien perdura en decir mientras el núcleo
padece los vientos del silencio. Rechaza el sueño porque afuera es la única materia;
dejar caer los párpados parte los cristales de los cuentos que, con cuidado,
durante el día repone en sus baches para creerse en lugar de la nada; no hay
como el dolor: sin lenguaje, soporta la cohesión de un cuerpo en medio de la
noche oscura de la idea
una sola idea, la nota de toque que gotea al
océano y le tiñe lo traslúcido a oleaje, recurrente respiro del agua ilusiona
al cansancio (el cuerpo) con que vive. Cómo harán con lo de abrir los ojos al ruido
del desgarro, al momento de dormir los monstruos de la razón te arrancan las
llagas. Inclinación secreta hacia adoquines espejados de sangre de animales
alados, pelaje obsidiano, en las palmas de mi ángel oscuro repaso los destellos
del olvido, la cuenta de años que pasaron y los que faltan antes del último
antes del agujero por el que se escurre al
cuerpo su hálito de fuego, días de ambular a la espera y en busca de,
apabullante la decepción sádica con que al final del día la sombra en el espejo
mira y sonríe: todavía no
escribe desde un lugar que es un desierto para
cualquier deseo que no sea inútil entelequia, a través de esas selvas de ilusión
lenta que cada uno pondera como si no dieran vergüenza, objetos llamados metas,
conjuros para domesticar al tiempo, para hacer dócil, dulcificar al testigo imposible,
conocimiento inasible presenciar cuando la conciencia se apaga
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