fantasmas sin luces, son sombras


Vamos a través de una ruta imposible e infinita, llena de cráteres y lagunas. Si hay un pozo no se lo arregla: se instala un cartel que dice “Cuidado Pozo”. Son unos vivos bárbaros.  

    Cráter: la huella que alguien deja en la superficie cuando no se abrió el paracaídas. Laguna: lapsus del tiempo y el espacio que voltea el tejido mental hacia la otra dimensión más próxima, de la que no se tiene recuerdo alguno.

    Lo bueno de no tener idea alguna de lo que se trata la vida es que ya nadie hace esa pregunta: “¿qué es, para vos, esta vida?”. No, ya nadie inquiere en eso, es moda antigua, y nadie quiere dejar en evidencia que le agarró la modorra existencial o que lagrimea a puro rebencazo del pasado. Escribirlo es otra cosa: tentativa de homicidio, puro intento. Por eso el cartel que nos pide disculpas, están trabajando.

    Nunca he visto a nadie trabajar en un pozo: de hecho, ¿un pozo se crea o sencillamente ahí está? Lo humano se atrofia en la desmesura: rellenar el pozo, taparlo, atragantar el pozo, volcar escombro y alquitrán, ripio y argamasa.   

    Nadie puede amar a un pozo; nadie quiere atreverse a convivir con el vacío. Más allá del dialecto psicotrópico con el cual se comunican nuestros olvidos, hay un patio y en ese patio hay alguien que le da duro, pico y pala, cava un pozo, sabe que no llegará a la China ni hay un fin para el cavar. Lo profundo es un engaño.  

    Lisa le pregunta a Bart por qué está cavando en el patio. Para hacer un agujero, le responde. Un agujero para qué, insiste. ¡Para cavar! Toda pregunta es un agujero: el hueco que habla en una lengua desconocida.  

    Un largo poema en prosa insoportable que habla sobre hospitales abandonados, casas abandonadas, cementerios abandonados, edificios abandonados, gente abandonada, y sobre todos los curiosos que visitan los abandonos en excursiones nocturnas: van de noche en noche en busca de intriga, vértigo, sensación de aventura, sensación de explorar lo prohibido.   

    Gente orco y bovarista que adula el vaciamiento desde lejos: de lejitos nomás coquetean con la muerte, mientras se draguean para pasar gratis en las filas del supermercado de la especie, gente que se la da de dark y usan demasiado delineador para que sean todo párpado, todo ojo irritado, visten de negro y andan dibujando con aerosol en las paredes pentagramas invertidos junto a pijas púberes y esvásticas. A ellos los vamos a arrojar al fondo del pozo, acordate, y desde la orilla de la realidad les vamos a gritar “A ver, hacete un pogo ahí abajo, fantasma”.  

    Todo es barro y todo es sombra, hasta la esperanza brutal de que llueva por milagro: todo es barro y todo es sombra. 

    En el fondo del pozo no habita ninguna respuesta: cavar, cavar, cavar. “¿Qué tal tu día?”, “Bien, todo normal: llamando al Centro de Atención al Suicida y tomando agua del grifo, hoy salió con menos sarro”. Ese es el problema de la lluvia: no es romántica ni locuaz, no es un fenómeno idílico ni señal ancestral de futura cosecha si nada se siembra en primer lugar. Vamos caminando por tierras tan oníricas como infértiles.  

    Todas las ciudades son un embole cuando llueve: ratas flotando, muertos flotando, promesas flotando, profecías flotando, amenazas flotando. Te salpica la verdad en la cara y te das cuenta de que tiene sabor a sangre.   

    Cita textual del poema: “Mi Tartagal, mi Tartagal, mi añorado Tartagal, ¿por qué tuviste que cambiar?”. ¿Sabe por qué Tartagal tuvo que cambiar, señora? Porque usted no se muere de una puta vez, por eso.  

    La ciudad devuelve el cachetazo en primera plana, porque no hicieron nada para detener el derrotero de sangre: se sentaron bien cómodos en el sillón mullido hecho con la piel de sus esclavos, se sentaron a esperar algún imposible: que llovieran tangas o que la era de YPF no se terminara nunca, y miren cómo les fue, ahora que andan escribiendo poemas nostálgicos sobre lo incorrecto de boludear con el pecado.

     Añorado terruño arde en llamas: los testigos de Jehová llegan más rápido que los bomberos.  

    ―Alguien hizo un muñeco vudú de mí, y en este momento le están pinchando un alfiler oxidado en la garganta.  

    ―Estás re disfónico, sí.  



Mario Flores


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