sobrevivencias


Un día en la ciudad comenzamos a ver tanquetas, tanquetas blancas, que parecían salidas de la nada. Eran imponentes, amenazantes y echaban agua por el techo. No recuerdo exactamente qué año era, lo cierto es que otro día desaparecieron. Nunca logré conocer a alguien que condujera una y pudiera contarme con lujo de detalles lo que se siente estar dentro, cómo se la pasa uno en el interior acolchado de una tanqueta tan blanca, ni de dónde sale tanta agua a presión. Luego me di cuenta de que desaparecieron.  Partieron como viejas ballenas afantasmadas por la autopista. Al poco tiempo comenzaron a aparecer corredores por toda la ciudad. Gente delgada que movía las piernas incansablemente. Grupos de atletas de mediana edad que recorrían la gran ciudad a partir de las 6 de la tarde, hablando entre ellos, tomándose el tiempo, las pulsaciones, indiferentes al frío y el tráfico apabullante. Dicen que corriendo se libera el estrés y se cura la histeria. Ellos eran especialistas en este viejo rito y lo hacían sonriendo. Me da la impresión de que los trajo hasta aquí la tristeza o los celos. No sé en verdad qué decir de ellos. Tampoco sé de dónde vinieron, pero lo cierto es que fueron llegando medio desnudos a poblar la ciudad de delgadez y sensualidad. Su dicha les duró muy poco tiempo. Un día los ladrones y secuestradores de la ciudad se dieron cuenta de que ellos estaban allí.  El mercado estaba disponible ante sus ojos y empezaron a vivir de ellos. Hubo heridos, alguno que otro incidente de abuso sexual, pero nadie terminó preso. Ese fue el fin de los corredores insaciables. Entonces volvieron a encerrar los zapatos en el closet y de nuevo sentaron su aburrimiento en las salas de sus casas, aterrados por la amenaza de los mafiosos del ciclismo amateur. Supongo que volvieron a engordar y ahora miran las redes sociales todo el día, bastante desanimados. Otro día empezamos a ver a grupos de personas recorriendo las calles que dejaron abandonadas los corredores. Estas personas también fueron llegando en grupo de a tres y de cinco, pero no iban vestidos con shorts y franelilla sino con ropa vieja y media rota, buscando bolsas de basura. Luego nos dimos cuenta de que las agarraban y se las llevaban disimuladamente a sus casas. Al poco tiempo dejaron el disimulo y empezaron a abrirlas frente a todos. Así fue como entendimos que era por hambre que lo hacían, por comerse las sobras y los desperdicios que votan por las noches los dueños de los restaurantes y los conserjes de los condominios. Supongo que algún día esa gente también desaparecerá y solo serán un recuerdo. Abandonarán la ciudad para irse a sembrar al campo o se morirán en el intento. Nunca sabremos de donde vinieron ni a donde se irán, pero sé que el día menos pensado dejaremos de verlos atravesando las aceras como sonámbulos hambrientos. A veces cuando los observo por mucho rato pienso que el asco es un gesto aprendido. Con esto quiero decir que no forma parte de las reacciones innatas que tiene el ser humano. Cuando uno los ve comer entiende que el asco es algo que se aprende en la casa. No sé si estas personas han dejado de ser personas y por eso no les da náuseas la pestilencia que emana de la basura. No sé si enferman o si se mueren al otro día. No sé quién los atiende. Si se bañan o no se bañan. No sé si rezan, miran al cielo, o hacen el amor. En verdad que no lo sé, pero estoy seguro de que han desarrollado cierto tipo de inmunidad. Una inmunidad sentimental y fisiológica que les ha permitido sobrevivir. La sobrevivencia tiene sus secretos. Eso es un hecho. Ciertas noches los miro durmiendo en el piso y les pongo nombres falsos. De alguna manera todos somos familia. No soy indiferente a las vicisitudes humanas, pero estoy seguro de que no puedo hacer nada por ellos. Pienso que yo pude haber sido uno de los que tan a menudo deambulan las calles en busca de comida descompuesta y que por alguna razón mal aclarada me salvé de ese destino. Es muy triste ser pobre, de eso no hay duda. Es muy triste no tener dónde dormir. Pero a pesar de todas esas indudables circunstancias, a veces me da por pensar que cuando terminan de comer eso que se entremezcla en sus manos, se van hasta un rincón de la ciudad, se tiran en el suelo a pipear un rato y luego se duermen debajo de cualquier techo, de alguna forma, satisfechos. 



Francisco Javier Ardiles  

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