la lobotomía argentina y la tradición


Al igual que Stevie Wonder, Borges fingió su ceguera durante toda su vida para que le fuera más sencillo convivir entre descerebrados y sodomitas, para que le ayudaran a cruzar las calles y pegar algún subsidio. La figura de autor ciego y sabio, por siempre anciano y por siempre locuaz, aferrado a un bastón nacionalista que en realidad era una barra de metal filosa oculta en la vaina que le apoyaba los pasos, sería la cúspide de una mercantilización espuria que impele al desquiciamiento y la aliteración: no hay intelectual más grande que aquel que se repite a sí mismo ad infinitum, incluso después de muerto, que es cuando comienza la verdadera fiesta. Por eso, cuando algunos se encontraban con Borges en las esquinas sin ochava de San Telmo, se apuraban a tomarlo del brazo para ayudarle a llegar a la otra orilla de las avenidas, y le decían: “Maestro, ¿cómo le va? ¿Sabe? Yo soy escritor”, y él simplemente respondía: “Ah… yo también”. 

“Porque el Nobel se lo negaron a escritores geniales, como Borges”, dice Daniel Mantovani, el ciudadano ilustre, y todos asienten hasta quebrarse la nuca de tanto que están de acuerdo, porque qué nos puede importar como país un galardón escandinavo que acarrea más escándalos sexuales que dinero, si tenemos más copas de la FIFA. Sin embargo, si el concejo deliberante de un pueblo polvoriento perdido en la insolación del trópico decide declarar ciudadano distinguido a alguien que siendo docente escribe un libro con trescientos errores de ortografía, más le vale a ese alguien creer que es alguien, y estar presente y derramar un par de lágrimas por semejante acto de justicia poética: todo llega en su momento, incluso el aplauso chespiritiano en off que celebra las pequeñas bizarras vicisitudes de un mundo que desciende a la cuarta división. Somos de una raza menos que proletaria, y como tal, le debemos a estos vejestorios infames la ingenua ilusión de la ilustratividad. Oh el infierno, donde los alquileres aumentan y también hay allanamientos simultáneos. Quizás no haya terrenos usurpados en el infierno: cada familia tiene su cueva y el himno de su cueva, y los cánones y las férreas idiosincrasias de su cueva, y los estatutos y códigos de cada cueva. La lobotomía argentina y la tradición. 

Entre los escritores argentinos del underground unitario fisura actual, Jorge Porcel Junior es uno de los pocos que conmemora y mantiene vigente la costumbre de llevar una libretita a todas partes, donde anota mails de menores de edad que se cruza por la calle, direcciones de parripollos y tenedores libres que le recomiendan, o nombres de usuario que más tarde le servirán para inmiscuirse momentáneamente en los latifundios del streaming. Pero el acto de anotar no es solamente un ayuda memoria derivado del objeto como agenda: la libreta de hojas arrugadas por la transpiración y la guasca de su jogging en realidad tiene funciones más cercanas a una estética fragmentaria que recompone un mosaico de exégesis literaria. Anota detalles del color de la pintura de un puesto de choripán al que no volverá jamás. O la terminología ornitológica del ave que acaba de cagarle encima. Saca la libreta y anota, birome en mano, pero no la muestra: es un objeto íntimo que, aun como personaje cruento de la escatológica escena mediática rioplatense, elige no exponer. Es más, se niega a compartirla. Si no hay intimidad, un diario íntimo como tal, no existe. Pero para el escritor argentino que lleva adelante diarios íntimos y cuadernos de ocasión, el único propósito de tenerlos (hacerlos) es habitar la certeza de mostrar. Algún día, todo será publicado, piensa el escritor argentino, afiebrado en el entusiasmo ególatra que le garantiza el escudo de la muerte. Quizá haya muy pocas cosas más histéricas e hipócritas que un diario íntimo. 

Para Francisco Bitar, los escritores que llevan diarios íntimos son aquellos escritores que no soportan la idea de dejar de serlo. Entonces, aunque no tengan nada coherente ni potable que escribir, escriben igual, porque lo importante no es escribir sino hacer de escritor. Y que te crean. María Insúa, en su reciente diario “Mientras no escribo”, da vuelta la manija del gashapon para ver qué juguete repetido le sale mientras no avanza con la composición creativa de la novela que sí está escribiendo; entonces, burlándose de todo proceso, se limita a la notaría rutinaria de quien no lee los poemas de otra vieja sabia y rancia como Diana Bellesi, pero sí busca verla en documentales y entrevistas. Otra vez: no leer, sino decir que somos lectores. No emprender la búsqueda de comprensión que enfrenta una escritura, sino ir en busca del autor para ver si opina igual que uno sobre temas igual de banales como qué tipo de aceite es más conveniente usar para quemarle la cara a la pareja. 

―Dígame, joven, ¿le gusta la milonga?

―No escucho basura. ¿Qué querés? ¿Querés que te diga que no, así me respondés que “la milonga me espera”, viejo pelotudo? 

Tal vez el único momento en que un escritor argentino se siente feliz y realizado consigo mismo sea mientras limpia su revólver. Acaricia la bala que atravesará su paladar y surcará su escasa materia gris para proyectar una salpicadura neorromántica en la pared. Luego vienen las pericias e investigaciones, y un detective alcohólico pasa horas estudiando el dibujo hecho con los sesos que quedaron pegados ahí, en la pared, intentando descifrar un mensaje oculto, una nota suicida, un original inédito. En fin, la lectura última de la escritura última. 

Toda escritura es un epitafio. ¿Un epígrafe no es un epitafio? Se le parece. Adriana Ruíz, una clarisa franciscana que conocí en la adolescencia, decía ser fanática de Borges. Si se le preguntaba, en términos literarios y estéticos, cuál era su cuento o poema predilecto, no respondía más que con divagues propios de memorizadores de solapas. En realidad, lo que a la hermana Adriana le gustaba eran las historias sobre Borges, el mito creado alrededor de sus ojos atrofiados y el estoicismo con el cual se resignó a ser viejo y sabio como lo caricaturizaba la prensa crítica, la siempre endeble y judía prensa crítica que lo odiaba por genio pero lo amaba por célibe. Según la hermana Adriana, no importa el día de nuestro cumpleaños sino el día de nuestro bautismo, que es la fecha real de nuestro nacimiento. Ella decía que la madre de Borges le había enseñado a rezar un avemaría cada noche antes de dormir, como un hábito indeleble sin fundamento alguno más que el amor por generar ritos cotidianos. No importa si Borges creía en la totalidad, como decía Piglia, o si apelaba al desparpajo cósmico: cada noche, antes de dormir, rezaba un avemaría con disciplina oligofrénica. “Él se salvó”, decía la hermana Adriana, claramente emocionada, “sólo por ese acto amoroso, él se salvó, estoy segura de que está en el cielo ahora”. La hermana Adriana era docente de Letras. 

Si una idea es buena (realmente buena) no necesita ser anotada: se convierte en obsesión, se aferra a las circunvoluciones como un parásito interno. Lo que se anota es espúreo, efímeros relámpagos que deslumbran por su ocurrencia espontánea, pero que luego se revelan como pobres fragmentos de la psicosis. Escuchar voces es síntoma de esquizofrenia, no de ser un artista. Adjudicar a “las voces” el germen que se propaga entre la composición y la relectura, es desesperar el credo, un prostíbulo de musas, todas mujeres griegas en bolas que están ahí aguardando a ver qué máxima (o epitafio) vas a escupir en el piso que unas inmigrantes ilegales acaban de trapear. Los únicos que frecuentan esos lugares son turistas japoneses que toman whiskey tibio y republicanos con automáticas en el cinturón que gritan homerunes en un deporte que jamás han entendido del todo. Los escritores argentinos casi que no hablan de literatura, sólo se juntan a escabiar y hacen vaquita para ir a debutar con orilleras infectadas. Indigentes, neurodivergentes, la rima involuntaria. 

Lo que anoto son párrafos sueltos sin suelo ni cielo, ingrávidos, no sirven para nada. Mi amiga quería presentarme a su nuevo novio, estábamos en la esquina de una avenida y unos hippies hacían malabares con machetes oxidados. ¿Cuál de estos mugrientos que se la dan de artistas callejeros es tu novio? Ella se puso a llorar. 



Mario Flores

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