autofagia
En el repliegue de la biología, ese tornarse ajeno
para inmediatamente volver a sí, como un cáncer que no mata. Pasaron muchas
horas desde la última comida. Y si la escritura no fuera sin esa sordera
visceral, sin el aturdimiento mudo en la superficie interior del torso. El
tamaño del estómago abarca no más de dos puños y cuando el hambre irradia,
desdibuja la bolsa hacia un zumbido de tímpano, los órganos se desintegran de
tan secos, en desmoronamiento imperceptible al ojo. El hambre como una penca,
por la aridez y el viento hueco.
Pero hay un umbral después del cual la sinfonía
que ese dolor toca en el lenguaje, compone el caos en sucesión ordenada y abre
los pliegues. Si se pudiera escribir con las necesidades básicas satisfechas,
pero la urgencia por la palabra aparece después de la respuesta que no llega al
grito de auxilio. Para practicar la palabra, de espaldas al abismo, de
puntillas en el precipicio, los talones flotan en vaivén hacia atrás, hacia
adelante, habita ese borde contra la vida.
Gesto en el que habita la muerte, anulación de
la escritura, emanaciones silábicas lejanas a la prédica que erige los
contornos a la cosa. La compacidad de encontrar esa palabra que aísla de lo
homogéneo porque, momentáneamente, tiñe la nada de espesor táctil. Hagan
sinopsis de lo sin mesura los sumisos de la muerte. Distinto de lo eterno, si
escribir fuera al otro lado del tiempo, de vivir, si fuera hecho, algo en el
lenguaje, afuera de las cosas de la imagen. Deja la vida para los demás, ávidos
de experiencias, sensuales, fatuos ciervos del órgano visual; hay suficiente
planicie para todos cuantos escapan así a los confines del consenso acerca de
la cópula de la mirada y las cuerdas vocales.
Disuelve la servidumbre del sentido al significado
y desvela las palabras. Miserable costumbre de derivar en el vocabulario,
resbalar de vórtice en vórtice el fraseo, para evitar el asombro ante el
silencio donde empieza el trazo. Si se dijera comienza la letra, se perderían los elementos pieza, lugar y el
espacio, que en el vacío corresponden al sonido articulado de un cuerpo. Aprendió a hablar, es decir, se habituó
a traficar materia inorgánica para invocarse en el uso que en su círculo
próximo se hace del idioma. Hay varios tonos de su nombre, cuando le llaman a
que se acerque, cuando recibe a través del volumen la magnitud de la ira,
cuando su nombre suena bailarín y tenue. Pero qué sabe de escribir.
Un texto que al advenir haya sido leído al
tiempo que comenzaba a aparecer, blanco sobre blanco, punto que se desplaza
sobre la línea que resquebraja el plano. Retóricas de lo imposible. Hábito sagrado
de la tiniebla ese haber abierto el ojo a la par que el primer ruido del soplo,
brisa que deslizó la mota alumbrada por el haz de lo que miraba en el parpadeo
primero. Dios estaba aburrido entonces empezó a pensar, y se fragmentó sin
retorno hacia la autarquía anárquica del vidrio astillado.
La frase axiomática podría ser es el aburrimiento, hay que escribir, ordenar
palabras como única alternativa, punto de partida. Después, la casualidad de
que la vida, vivir, tuviera lugar. Antes no. El drama consiste en el caos que
hace al lenguaje la oscuridad, decir significa organizar el vacío. Esto sería,
hacer un paréntesis al tiempo, estabilizar la discordia entre líneas
argumentativas. Hay tanto ruido, lo que hay como lo que no, suenan a la vez,
parece jugarse en el estruendo permanente la oportunidad de escuchar el tempo de la muerte. La pregunta sobre
las condiciones que habría que configurar en el silencio para aprehender por el
lenguaje el momento que circunda el evento del fin. Si sirviera para eso la gramática,
prevenir sobre el instante del último suspiro sin el medio de la enfermedad
terminal.
Es más simple, para qué negarlo, que un médico
diga pasará un día próximo a hoy; e indique para el dolor esto, para el descanso aquello,
guardar reposo, hacer todo lo que se desee excepto tal. Sería simple. La ficción de la otra manera, de advertir en el
silencio la certeza de, al despertar un día, conocer interiormente antes del atardecer será el momento. Habría
que haber ordenado las palabras, cada una en lugar que le sea propio, tal que
en quietud el diapasón del habla el escenario se torne legible. El cuerpo. La
falla nuclear que desencadenaría el dominó en que se apagará, uno a uno a su
tiempo, de cada órgano el latido.
Maira Rivainera
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