una colección de pequeños actos
Observar
los destellos de sol que viajan a miles de kilómetros a la velocidad de la luz,
que se desarman en miles de partículas, que se esfuerzan por seguir vivos. Se
retuercen las alfombras, las cortinas, los vidrios, las sillas, los adornos;
todos golpeados por las milimétricas partículas. Los gatos caprichosos las
persiguen y, si llegan a atrapar los rastros de la estrella mayor, beben
extasiados el calor de la siesta.
Comprar, en los bazares, tasas, pavas, ollas, mates. Fue la precisa consigna
dejada en mi mente. Todos objetos raros, volubles, extraños, como antiguos
juguetes japoneses. Victoriosa la infancia que se recubre en pequeñas marcas.
Hacer planes para no llevarlos a cabo, imaginar viajes a lugares
inexistentes, visitar la Luna, Atlántida o perderse en el Triángulo de las
Bermudas. Ser verosímil en los sueños, tener sueños trasparentes y sin
interpretaciones. Realizar descubrimientos inútiles, pensar en los documentos
apilados en alguna oficina, pensar que me vuelve inútil, aburrida, patética.
Ver series miles de veces, librada a la eterna repetición sin tiempo, ya lo vi,
ya lo pensé, ya lo lloré.
Mirar películas como oficio: las hay en blanco y negro, en colores, con
buena puntuación para especialistas, para masticar pochoclo, para los infames,
para los desahuciados, para los infumables, para todos los gustos, para los
menos excéntricos. Lo que encontramos observando por la lente: puntos en la
trama sin desarrollo, finales abiertos, micrófonos del sonidista, los que
hablan al espectador, la música en los títulos finales, los más y menos
honrosos vestuarios de personajes secundarios, la ambientación poco adecuada y
la adecuada.
Seguir al pie de la letra una receta y hacer pequeñas variaciones, transgredir cosas sin importancia, juntar a modo experimental un montón de palabras y batirlas. Torcer pequeños textos que nadie leerá, vaciar sentidos en vasijas dejadas en las entradas de casas antiguas. Leer nimiedades, folletines, tapas de libros rancios, índices versátiles. Pensar en el más allá, en el más acá y en lo no trascendente. Perder el tiempo, perderse en el tiempo. Todo esto recorro a ojo, a regañadientes, a destajo, en una colección de pequeños actos.
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