mosaicos de sonido
Tengo conmigo un
libro que abro después de desayunar con apuro, otros días no espero y abro el
libro entre sorbos de café, así lea por párrafos, de a frases, en goteo. No es
el tipo de prosa que dibuje sintaxis compacta, cada vez que leo hasta un punto levanto
la mirada, sorbo, vacío. Es café liviano, café filtrado, no en polvo ni de
máquina sino ese otro café más íntimo, personal, algo precario. Gusto a haber
hecho hervir agua, poner grano molido en un trapo, dejarlo escurrir, mirar
después la montaña negra viscosa, tirarla, café analógico, de entrecasa.
Me habita un
vago recuerdo de cuando hojeé este libro de cuentos en la mesa de ventas haber
encontrado un dialogo y pensar que no iba a poder dejarlo ahí en lugar de llevármelo,
una incapacidad de vivir si dejara en esa mesa un cuento de crueldad con
crudeza. Me existe también otro recuerdo, haber leído el primer cuento y
encontrado ese pasaje que al azar se abrió la primera vez. Ahora al releerlo
para citar no encuentro. Es cierto sí, en el primer cuento gendarmes empujan el
paso a unos inmigrantes cautivos. La pérdida es de la historia prefigurada
fugaz al leer un fragmento, posibilidades, el fantaseo.
Un tratamiento
simple de las superficies perduraba niebla que flota. Una mañana al charlar
sobre qué es lo que se escribe estaba yo con el libro en la mesa, ahí la
palabra parecía estar muy cerca de las cosas. Algunos de esos cuentos mostraban
narrativa pura, sin apelar a formas retóricas, un libro de lenguaje. Puede sea
porque es una traducción, entonces puede que al leer yo pierda el campo
semántico de los escenarios, de los diálogos. Contextos que puedo reconocer, no
hay la enfermedad de lo novedoso. Paisajes de cotidianidades proletarias, podría
resultar redundante y sin embargo hace efecto de cristalización. Recordaba muy
bien la sensación de palabra concreta que era resabio de haber recién repasado
páginas, antes del encuentro inesperado interrumpida la lectura y el
pensamiento de la lectura, un pasaje en particular que doy a leer y pido por
favor se repare en un párrafo.
Es la segunda
vez que pido se lea ese párrafo para poner a prueba lo para mí evidente, si se
hace tangible ese tratamiento concreto de las cosas. La primera vez alguien
notó la forma lírica en que se nombra la piel para connotar la edad al parecer,
lo que no era sino descripción de aspereza por vejez y por la ausencia de
confort burgués que hace costra en los cuerpos. La segunda vez se optó por la cortesía
del silencio. Levanta los ojos, me mira y ante el abismo empiezo a decirle en
qué frase, en qué palabra y cómo el procedimiento para un tal tratamiento de la
palabra por fuera de la forma retórica.
Impresión de que
ese cuento resultaba tan literal que no había en el contexto de las escenas ni
en la composición de la trama nada que hiciera metáfora. El otro así amigo, que
por responder y por escuchar es amigo, comenta debe ser el tipo de texto que va
hacia adelante sin prometer futuro. Lo que la palabra nunca logra porque el
lector. Después alguien acota que el lector
hace lo que quiere, pregunto si no le incomoda eso. No. Practico un vicio,
disecar cierto tipo de textos. Repaso el cuento, voy atrás, nada de lo anterior
explica el párrafo siguiente, información que se evacúa al
atravesar la lectura, una prosa de tiempo, una pieza de realismo concreto. Un texto para leer, distinto de
para interpretar.
Otro propone un
tipo de lector para hacer contrapeso al hermeneuta; al intérprete; un arqueólogo.
Para no buscar sentido al interior busca en la realidad material de la palabra
impresa, rastrea en la oralidad, apuntala tropos de contexto para seguir
leyendo. Un insaciable. Cómo le funcionará la palabra, hojas de árboles que
nacen y caen, al recogerlas en releer, como toda hoja cae serán las del suelo
ya leídas parte sin embargo de la rama, aunque separadas de. Un botánico, organiza
especies inestables fuera de género. Configura zonas de escritura. Vive en un
mundo así, al ras de la realidad, pasa de un texto a otro, de un libro al de al
lado y al siguiente, siempre sin saltearse piedras porque si así lo hiciera
entonces el agua, arenas que succionan, la mugre del sentido.
Es bien difícil
escribir y que el retorno verse sobre el uso de las palabras, la selección de
adjetivos, se tome por estética la manera única posible al alcance para
transparentar la experiencia de la realidad. Pasado del lenguaje al sonido de la
dicción como sin filtro aparece al lector como elaborado, lamento cada vez
escriba peor. Mientras del otro lado ese hacer lo que quiere de quien lee
recorta frases, las acarrea desgarradas del párrafo, del movimiento del texto,
ese ruido.
Del aburrimiento
de quedarse a rascar en la potencialidad del sentimentalismo, algo distinto que
un gusto objetivista; podría todavía sospechar que quien lee en su idioma recibe
en eco en la lengua y la lectura desembocaría en voluptuosidad de comunicación
en dominó expansivo hacia las fronteras. Algo que se supone tan estrecho a la
palabra y le sería consustancial: significados. Interpretar pareciera un exceso
más bien para la tranquilidad del conocimiento, la perspectiva del traductor
que inventa, escritor y genio en la medida en que trafica el supuesto dejo de
sublime de un idioma a otro o la intencionalidad de quien lo hizo a otra vida. Solo
hay gracia en la transliteración, al pie de la letra es suficiente para el pathos del
habla.
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