estado de reposo
Ejercer,
durante unos minutos, la tiranía de la enfermedad.
Roberto Bolaño
1.
Una veta blanca entre negros
cabellos. Imagina áreas plateadas, en el interior del cerebro, tiñendo cada
cien mil cabellos, una hebra que saldrá así: blanca, en el entredicho
del cuero cabelludo, justo arriba de donde se alza, como ola, un flequillo
voluntariamente ondulado.
Ahora la orina: por fin
vuelve a ser de cadmio, maíz claro, o transparente. Por cañerías ruedan lejanas
infecciones que nacieran, quizá, donde la veta hace del pelo negro, uno blanco,
de tan incoloro brillante, casi húmedo, inerte a la luz, como estatuas tristemente
duras ante el evacúo de palomas.
La muela: estancada en su
propia herrumbre, como si la muerte tuviera también un tiempo de reposo, inmovilidad
de un cuerpo respecto de un punto de referencia. No la acaricia con la
lengua, que también se empalma a ciertas horas de la noche, cuando cansada de
responder se declara inflamada, inimputable, incapaz de remojar sobre nada
seco, ni un labio, ni un vientre, ni un miembro erecto, que la busca entre las
sábanas; pero no, no la encuentra, se cierne entre un costado pútrido y el otro
doliente de reponer a diario las acciones de ambos lados de la boca.
Bruxismo que protege la elocuencia del dolor. Y sí, la poesía negra de Castelli
saliendo desde un interior aún más denso, porque en el estómago también se
retuercen líquidos espasmódicos como guerras espartanas, de enemigos harto
desiguales.
Allí, donde osó golpear
antes para no reproducir, se expanden y dilatan burbujas, rúbricas
fosforescentes que presionan la utilidad de los órganos y los intiman a
proclamarse inútiles, más bien intolerantes, blandos como esas zonas del mar
donde se hunde el pie para que la marea, embravecida, no inquiera nuestro cuerpo
de regreso al horizonte.
Donde muere una burbuja,
empieza otra, musicalmente atroz, que grita cuando explota y anuda las tripas
hasta hacer del ombligo una soga que ahorca; en posición fetal retiene entre un
nudo y otro lo que no sabe cómo ni por dónde saldrá; aunque la orina ha surgido
clara, casi lacrimosa, y la fiebre ha cesado de engravarla, se duerme,
espantada, ante la ignorancia de su desenlace.
La enfermedad reúne su
cuerpo con un mundo atávico, religioso. Delira con sufrimientos siro-fenicios, con
el milagro de la hija de la cananea, atormentada por el demonio, que Jesús curó
entre los caminos de Tiro y Sidón, luego de negarse tres veces. También
ella se llamaba Luciana, (o Berenice) pero nadie ocupó anotar, en la leyenda
bíblica, el estado de sus dientes, el olor de su orina, qué cosas se debatían
incólumes en el vientre flaco de la niña.
Del cabello cano, hace
momentos identificado en el reflejo, nace en la ensoñación un formidable sable
de oro blanco, que al empujar hacia afuera, larga un pus brillante con olor a
lima. Es largo como víbora, y corta con sólo mirarlo. De sacárselo, concluye en
parte el dolor que acechaba esa zona del cráneo, y al clavarlo en el espejo,
justo a la altura de la boca, desaparece también la molestia incesante de los
dientes.
Pero despierta. En la
enfermedad grave, abrir los ojos es sinónimo de renacimiento. En la enfermedad desconocida,
despertar exige al cuerpo resolverlo todo ante el escrutinio del Consciente,
que pacifica y descontrola con la misma fuerza, y sobre todo, que inclina la
balanza hacia la opacidad del miedo cuando algo duele.
Él duerme. No va a
despertarlo. No lo va a nombrar con la palabra corrompida de tanto odiarse,
entre esmalte vulnerado, entre el sarro del lenguaje atragantado en las glándulas
salivales. Va a callar, porque los sanos descansan de los enfermos cuando duermen,
porque en estos instantes, en que el nudo se desata y parece dejar escapar la
última degradación del cuerpo, previo a la vergonzante estimulación que de
fluir sería placentera pero de acabar sería infame, él pertenece a otro país.
Su juventud, mezquinada en ese sueño profundo, de pesadillas atroces, no la
acompaña en reflexiones sobre el cuerpo, sumergido en todos los humores, y mirarlo
dormir es, en este instante, una invitación al resentimiento.
Decide dejarlo. Apoyar ambos
pies en el frío linóleo, para acompasar la molestia en el arco vencido del que es
plano, torcido hacia dentro, que de tanto insistir ha vuelto renga la pierna
entera. Regresa al baño, evitando el espejo que dejaría en evidencia la cana
intempestiva y todas las que, debajo, la procederán, y agachando la cabeza, se
sienta en el inodoro.
Con el ojo palpitante, de
venitas hinchadas ante el esfuerzo por cerrarse y el fracaso inmediato que le prosigue,
observa la mugre acumulada entre cerámicos, como polvo atosigando las uniones
de los huesos, y de repente todo en la casa es como un esqueleto que la
persigue con su predisposición a la metáfora.
¿Las cortinas: cabellos
empujados por el viento y el rocío de la madrugada, ensuciados por el hollín de
agosto, oliendo a humo amazónico por las siestas, rozando con las puntas eso
que queda entre el fin y lo que no es el fin de una ventana?
¿Los ojos: vidrios apenas
manchados por insectos, microscópicamente dignos, recibiendo con nobleza la violencia
de la claridad?
¿La piel: este tapiz detrás
del cual otro tapiz juega a ser memoria, de modo tal que cuando es tocado no se
llega sino al principio más próximo, no así último, de su incertidumbre?
¿El agua, tibia o fría,
asando carnes en el invierno, severamente limpiando por igual bajezas y señales
de amor, testigo de los intentos por ser borrada, por doquier reproducida: una
madre?
¿La enfermedad: nombre de
pila de la muerte?
Otra vez aire entre ella y
lo que, debajo, esperaba por recibir su peor parte. Con resignación conocida,
tira la cadena, viendo irse la nada que la acompaña como una silueta demasiado
exacta, incluso más que la sombra, mientras escucha cómo un pájaro nocturno intenta
entrar por la ventana. Haciendo de la toalla un látigo, lo empuja hacia la
noche con hostilidad. Lo ve ondularse levemente y retirarse con terror. En él radican
dos aspectos imperdonables: vuela, y está vivo.
De curarse, de hallarse
liberada de afección, tampoco sabría qué pensamientos vendrían a asomarse en su
jardín cerebral; son hijos perdidos en los laberintos de una realidad remota,
casi imposible. Desde que piensa de manera inteligente, todo en el cuerpo es un
dolor sin principio ni fin, e incluso en el encuentro penetrante con el otro,
el placer radica en someterse al padecimiento.
Observa con paciencia la
sensatez de los colores, la semejanza o diferencia de las formas, los nombres
de las pastillas como naciones de una obra de ciencia ficción. Esta noche, en
que el dolor es una masa estirándose por todos los rincones de sí, mezclado
entre dolencia y dolencia, es lo mismo optar por una o por cualquiera. Reúne
cinco y las muele contra una cuchara, que en su reposo refleja la tenue luz de
la lámpara que acompaña toda la escena. Sin jugar al asco, con el escepticismo
del ateo ante el comentario de un milagro, coloca la mezcla entre la boca,
todavía pastosa de infección, y la empuja con agua natural.
Desconoce qué plagas
desconocidas acecharán lejanas habitaciones, acarreando sin justicia ni violencia
a una mujer, un hombre, un niño, hacia la muerte. Regresa a la cama como quien
prometió vivir en un sepulcro, siempre doliente, a la espera de una luz que
abra las puertas.
Al entrar en el sueño, un
último dolor punzante estira la frente y la punta del cráneo, como cadera
presta para un alumbramiento. No se despierta aunque la hazaña estire sus ojos
hasta su apertura, haciendo del punto blanco el principio de una flecha filosa,
dura, que se vuelca sobre la almohada, cayendo sin amenazas, con la agresión
cálida de lo que se adhiere, para siempre, a lo que existe.
Lo demás, quiere ser escritura.
2.
La niebla quiere entrar
¿o es el caballo?
Aurora Benavídez
Pensé que esta noche sería
la última. No corre viento ni extraño a mis amigos. Es la fiebre y la
infección.
Besé a mi madre en la
frente. Estaba dormida, doblada sobre su costado izquierdo.
Quise fumar como mi padre lo
hace en las madrugadas. Compartimos los motivos, mas no la gracia.
Me siguió el gato
persiguiendo un hilo deshilachado de mi pantalón.
Cuando fui al baño, sangré.
Yo sabía que me habías amado muy fuerte y me gustó saber que esto también lastimaba.
Otra vez vi sangre al
lavarme los dientes. Tenía los oídos tapados y el derrame debajo de mi ojo
temblaba. Sí. Definitivamente voy a morir.
Alguien una vez tocó mis
piernas y dijo serás capaz de conservar gran familia. Presiento el
nacimiento de las várices, recuerdo a mi vecina llena de hijos y vendajes en
las tibias. Yo no doblego mi naturaleza a ningún destino, ni ningún destino
puede domar lo que yo he creado como naturaleza. Sí. Es probable que esté errada.
No de error, sino de lugar
otro[1].
Padre, madre: no dejen
abierto mi cajón. No dejen que nadie vea mi cuerpo muerto. Es decir: no dejen
que nadie ponga en mi cuerpo muerto algo que no puedo recibir. (No dejen que
eso sea más fuerte que lo otro, como cuando preguntaba qué hay detrás de una
montaña sin mirar lo que había delante).
Un hombre que admiraba dijo
que se podía escribir como póstumo. Como quien oye desde el miedo, pensé
que era una forma de no vivir. Que era una forma de cancelar toda vida posible
en la escritura. Desde entonces, me aterra estar muerta acá también.
Hay quienes desean una
inmaterialidad del cuerpo. ¿Cómo hacen? Padre, madre: mi pensamiento tiene temperatura,
tengo el espíritu pegado a la carne, si se me caen las muelas es también un
pedazo de mi alma desarmándose. Y si yo lo sabía ¿por qué me dejaba lastimar?
No puede pensarse el cese
total del pensamiento. Cuando tenía ocho años, tirada en la cama de mis padres,
cerré los ojos y pensé en no existir. Esa paz me resultó aterradora, fue una
imagen imposible. No era un miedo a la muerte. Era un rencor absoluto. Sé que
lo más simple puede vencerme. Entonces me estimo pura.
Si existe un cielo, si
existe una divinidad en ese cielo, y si es el mismo dios del cual me he
separado, no me da miedo su inclemencia. Sé que nos parecemos. Sé que el
despecho es proyección de mi propio abandono, que su belleza es posible porque
ojos como los nuestros alguna vez lo han mirado (vos me has dicho que
esta vanidad era esperable, humilde, que Eclesiastés habla de él como el sello
del arte.)
En las «Memorias de
Adriano», el emperador explica su técnica de vida: donde nuestra voluntad se
articula con el destino, donde la disciplina secunda a la naturaleza en vez de
frenarla. (Te dije que era el Dharma de mi vida, que soy Adriano, que
podría haber sido emperador. Vos has dicho que en realidad era Marguerite
Yourcenar hablando de Adriano).
La diferencia, en mi última
noche: cuando Adriano habla de adiestrar el caballo de la vida ¿no será que yo
lo he enloquecido? ¿Que en lugar de cabalgarlo no es él quien me lleva a
rastras?
Morir es dejar libre a tu
caballo.
¿Habrá alguna técnica de
muerte? ¿Quién soltará mi caballo? ¿Quién le dará de comer?
(No besé a mi madre en la
frente. Estaba doblada sobre su costado izquierdo. Habría sido acercarle esta noción
inevitable, aunque ella tampoco puede pensar en mi muerte).
Mi madre le daría de comer a
mi caballo. Mi padre lo acariciaría.
(Mi perro miraría con los
ojos de quien lo sabe todo, y no necesita decirlo).
No estoy inspirada: escribo
contra el pensamiento de la muerte mientras me tiembla un ojo y se me agranda un
ganglio en la garganta. Contra los nudillos doblados de mi cansancio. Contra mí
misma.
He sido muchas veces vencido
por el cansancio en este menester[2](el
marinero que lo escribía, si tantas veces fue vencido, es porque tantas veces
se había vuelto a levantar).
Si el poema que escribo
fuese perfecto, yo no estaría viva.
La muerte que piensa señala
el poema. La vida lo escribe. Yo lo pronuncio.
¿Cómo se siente? Como cuando
mi madre me mira irme sin saber si voy a regresar (soy los ojos de mi madre, el
temblor en un coágulo del cerebro, el pensamiento de mi muerte como anfitriona
de la noche).
Como cuando me veo irme de
mi madre sin saber si voy a regresar.
3.
Así como en Adriano[3]
el mendrugo ingerido en la víspera de una batalla se vuelve coraje, a la
inversa, también la euforia se convierte en alimento de la enfermedad. Digo de
mí, que ahora escribo, consumida en el último año por malestares que no acaban
de curarse y que se reiteran con la insistencia del amor cuando está pronto a
ser olvidado. Alrededor de la enfermedad, revolotean cuerpos poéticos fascinados
con los telares de la muerte que se tejen a propósito de Ella, y no puedo
resistir la tentación de saberme arrastrada por las verdades aparecidas en los
límites de una fiebre, una migraña, la fatiga que empuja mi cuerpo hacia los
aposentos conocidos. No se trata de esperar la cura, sino algo más sublime: atravesar
la enfermedad con ojos abiertos para alcanzar un verbo que no esté
descompuesto[4]. Rozando el peligro de adorar la
destrucción, escondida en cada mínimo atentado contra mi salud, no reniego
demasiado si destraba mi silencio.
Sólo ahora, con la claridad
violenta de los amaneceres que acontecen después de los 27, soy consciente de la
persistencia con que se degrada mi sistema. Es una rapidez imperdonable la que
arrasa, con la inocencia de lo bruto, dientes, piel, pelo, uñas, costados golpeados
por no entrar, como antes, en este espacio, pies hinchados de jornadas
interminables de trabajo, tendones oxidados en las manos porque no es esta la posición
idónea para escribir, pero sólo aquí me llega el viento.
Bolaño, ya enfermo
terminalmente, hizo la siguiente operación: Literatura + enfermedad =
enfermedad. Quizá porque las palabras no hacen la cura, sino su ausencia.
Enrique Lihn habló de que uno más uno más uno más uno daba, como
resultado, los grafitis de la muerte sobre la carne. Di Benedetto escribió me
duelen los músculos de tal modo que en la tarde no pude sostener con firmeza la
escopeta. No sé si hay dolor en el lenguaje, como no sé si hay
espalda en el sueño, pero estoy segura de esas palabras que sólo emergen de
haber sido empujadas, remota o íntimamente, ante un cuerpo expuesto a su
deshielo.
Es probable, en suma, que el
dolor no sea sino otra inevitable experiencia de revelación. Es probable, en particular,
que la aspiración a la sanidad sin vuelcos me parezca una forma de reprimir mi
naturaleza, ya de nacimiento, corrompida por lo que no puede conservarse.
Diría, si me permitieran la
inocencia, que siempre he preferido apostar por caballos rengos, en cuya
victoria se halla el gusto por oponer, a la densidad de la falla, la
majestuosidad de la obstinación.
Sin embargo, no me hallo
enamorada de las percepciones que se liberan cuando algo duele (es injusto que
el cuerpo aparezca solo entonces); me sé testigo del asombroso
acontecimiento de ir, con cada desgaste, conquistando una muerte que tendrá mi
perfil, mis modos únicos de moverme, las falencias óseas donde, con piedad,
alguien podrá leer de qué manera he colocado mi cuerpo para la vida.
¿Una posesión del modo de
vivir, ganado en la rutina de mis pequeños ocasos, alcanzado únicamente en el límite
que lo emparenta con su opuesto?
No lo sé.
Mientras tanto, lo que
escribo me condena de maneras misteriosas, como una huida edípica en la que
llego, tarde o temprano, a las metáforas del útero, aunque a esta altura sólo
me ofrezcan la frágil protección de una imagen.
Octubre de 2024
[1]
Diana Bellesi
[2] Rudyard
Kipling
[3] Memorias
de Adriano, Marguerite Yourcenar, 1974.
[4] Diario
de muerte (1989), Enrique Lihn: Quiero morir (de tal o cual manera)/ ese
es ya un verbo descompuesto.
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