contra la dictadura de lo retro


Lo que enferma es el pasado, no la humedad. Los cuatro conceptos de RIP A Remix Manifesto: 1. La cultura siempre se construye a partir del pasado; 2. El pasado siempre trata de controlar el futuro; 3. Nuestro futuro cada vez se vuelve menos libre; 4. Para construir sociedades libres se debe limitar el control del pasado. Pero el pasado resulta tan encantador, tan sencillo de confirmar, que el pensamiento se convierte en puro ejercicio de regurgitación, acaso la acción sentimental de bucear en viejos cajones llenos de polvo donde no hay riesgo ni peligro, ni problematización ni cuestionamiento: sólo la reafirmación de que el humano es sujeto de cultura, así sea la chatarra espacial de lo memorial que devela la cultura del vómito ancestral. “Van dados vuelta de frente al pasado / mirando el tiempo pasar”, canta Dárgelos en “Zumba”, y en ese círculo insensato de un movimiento onanista cuyo único propósito y efecto es el regodeo de un tiempo que fue siempre encantador (aunque tal encanto se construya en base a mentiras y convenciones debiluchas de lo que ya fue aprobado) los que viven con los ojos en la espalda lagrimean de emoción, de añoranza por sus casas levantadas sobre la arena. 

        Leer es descubrir o encontrar, pero los así autodenominados lectores deciden ser lectores de aquellos viejos versos de adolescencia que los hizo caer de rodillas alguna vez, alguna tarde de acné perdida en el siglo de la iniciación. Si mañana es mejor, como cantaba el poeta de la calle Arribeños, el así llamado lector elige que las configuraciones del mañana se sometan a las condiciones del pasado: el mañana como un efecto colateral, la consecuencia de una zona libre de riesgo y desafío. No leen más que clásicos y no escuchan más que viejos hits. La vida como un cover mal entonado de sí misma. Toda rebeldía afincada en el ayer es inoperante.  

        En medio de drops y build ups, alguien interrumpe el set: “¿Podés poner un tema de David Guetta?”, “No, tan retro no”, “Ah perdón, estoy muy viejo”. Por lástima o por pereza, se llega a la misma resolución: escuchar lo ya escuchado, leer lo ya leído, contemplar desde afuera, como extranjeros del sentido, aquello que ya se gastó. Un escupitajo de dopamina que les haga sentir que no todo está perdido, que un amigo es una luz brillando en la oscuridad mientras alzan las manos al aire, que dónde están los que nunca se van a casar, que dónde están las chicas vírgenes y las que se escaparon del marido para salir a bailar. La mierda humana es retroactiva, y su capacidad de asimilación simbiótica es equivalente al poder de negación con el cual honran y lloran a sus muertos. Ohu mi beleza a natureza eu vi chegar, y todas las herraduras echan chispas en la pista recordando viejos pasos de baile que la osteoporosis ya no logra coordinar, pero en el espíritu de encantamiento de burbuja temporal la ridiculez se convierte en conocimiento, el patetismo se disfraza de cultura señorial, quiero verla en el show, la atrofia neuronal se hace pasar por autoridad, es como un gato siamés, y la presunción mórbida de que alguna vez esto fue la revolución decididamente enceguecida deja los últimos estertores de energía en un repaso por los antiguos acordes de una vida arrojada a los chanchos.

        Toda generación piensa que es la última oleada de humanidad cuerda. Toda generación asegura estar viviendo el fin de los tiempos. Toda generación revuelve en los basurales con hambre y rabia en busca de su adolescencia perdida, aunque sea una minúscula gota de sangre que atestigüe que sí, que la experiencia fue legítima y que su futuro no estará reducido a la fallida condena de no haber decapitado a ningún rey. A fuerza de canciones la revolución pide ayuda para cruzar la calle, y aquellos vetustos versos de amor primigenio seguirán siendo igual de inocentes y flácidos que el Cantar de los Cantares. 

        La dictadura de lo retro sabe que ha perdido la guerra: no encuentra el campo de batalla porque no sabe cómo se usa el GPS. Una horda de Lucianos Pereyra que se levantan y cantan entre las mesas de un sucucho podrido en medio de la nada, agarrando las manos de las mujeres y enjugando lágrimas inexistentes, se extravían en una playlist repetida que no conmueve ni interpela pero, eso sí, la saben de memoria y qué otra forma de ostentar la ilusión si no es la aliteración, recitar el preámbulo de una época que no es esta época ni ninguna de las épocas, pero quizás fue una época, quizás estuvieron allí e imploran que no seamos malos con su pobreza mental, que tengamos piedad con su ansia de remembranza, cuando las chicas se dejan si el tinto se acabó. 

        “Los mayores de treinta años ya no escuchan música nueva”, dice el titular, pero su efecto es contrario al cuestionamiento: se sienten orgullosos de ello. Como la torre que se cae, en los pisos altos las llamas vivas devoran la cabeza del poder, y en el suelo los cuerpos se apilan uno encima de otro, uno sodomizando al otro diciéndose que también son de esa época, que fueron al mismo colegio, que también lloraron ese mundial, que también abusaron de la misma menor de edad bajo las mismas luces del mismo boliche. Que ya no es como antes. Lo comentan en las plazas, con los otros jubilados, mientras alimentan a palomas imaginarias. 

        Derrotero de la melancolía hecha hongo de axila, lo retro intenta por todos los medios suavizar la caída, amortiguar el golpe de realidad y ablandar la milanesa de una humanidad ingenua que no soporta que le hayan cambiado su sala de fichines a un Starbucks. El piropo es acoso y los karaokes son geriátricos, avísenles a sus proveedores de hojas de coca teñidas de la mansa stevia soft de un presente que les resulta áspero como lengua de gato.  


Mario Flores

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