los hippies siempre arruinan todo
Hola, ¿vos sos una estafa piramidal?
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Los intersticios nublados de la cultura, que no siempre se delimitan por una definición programática concerniente a un procedimiento del crear (chaperíos contemporáneos que se erigen como refugios institucionales para pensadores del hobby y el consumo de racionalizaciones fast food) permiten que cualquiera logre vender lo que sea como un contenido cultural. ¿Por qué un copywriter de marketing se considera escritor y por qué un centro cultural promociona charlas motivacionales como si fueran actividad teatral? “Pagan el costo de uso de las instalaciones” no es una respuesta lógica ni cierta: muchos de estos promotores de la basura reflexiva proponen su negocio como un “servicio a la comunidad”, consiguiendo espacios y fechas, recursos técnicos y difusión mediática sin la obligación de efectuar el pago correspondiente que cualquier banda de música, compañía de teatro, formadores culturales o artistas independientes sí deben abonar. Teniendo en cuenta que ninguno de estos aquelarres teñidos (charlas motivacionales, talleres de súper cerebros y terapias holísticas, sanaciones pránicas, sesiones de constelaciones, intensivos tántricos, cursos de emociones) jamás son gratuitos y funcionan como eventos privados con modalidad de preventa, ¿cuál es el medio subterráneo a través del cual se articulan estos coitos entre la institución cultural pública y el hippismo instagramer?
Desde el 2011 ―año en que el autopercibido canal de noticias C5N cedió el horario estelar al carismático degenerado Claudio María Domínguez―, se multiplicaron las experiencias presenciales colectivas de especulación espiritualista económica (con libros de Robert Kiyosaki como texto sagrado) además de la avanzada mara del coaching ontológico que, lejos de las ceremonias con altares y joyas de la así llamada metafísica pero que no tiene nada que ver con la filosofía sino con la herencia espiritual violeta de los seguidores de Saint Germain, devinieron en grupos y redes sociales de amplio sorteo para el propósito de efectivizar como ejemplo humano de la corrección política, un mareo de auto hipnosis y sugestión dialéctica que opera en la reivindicación de la superchería y el misticismo del placebo.
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―¿Ya viste “El estafador de Tinder”? Es muy impactante.
―Cualquiera que se descargue una aplicación como esa merece que lo caguen a tiros. Si saben perfectamente que coger no es parte de esta encarnación, para qué se ponen a jugar con estupideces. Van entregados como chanchos al matadero, por pelotudos.
―...
―Todos esos documentales son una reverenda mierda.
―No es documental, es una película actuada.
―Ah, peor entonces.
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En la dictadura de la programación neurolingüística se intenta, por todos los medios posibles (institucionales, mercantiles y hasta ‘educativos’), establecer una legitimación circunspecta a la idea de felicidad y bienestar, progreso y “tomar las riendas de tu vida”, reestructuración conductual y multiplicación mágica de los bienes materiales. Si el autor best seller del palimpsesto borgeano (pero no como lector de Borges sino como apenas un cantante de karaoke que hace covers de Borges), Paulo Coelho, logró marcar a fuego en la sentencia (o lema de reafirmación, mantra moderno del desquiciamiento cosmopolita) de que el universo conspiraba a nuestro favor por mera fuerza del deseo, es entonces el terreno siempre inestable del deseo en el que se da lugar una batalla cultural: en lugar de ir a terapia o solicitar ayuda médica profesional, leer libros de autoayuda escritos por quienes aseguran haber superado el trastorno de la humanidad; en vez de instalar públicamente el debate por la anorexia y la bulimia en la adolescencia, ver “Abzurdah”; en lugar de comprometerse con un proceso creativo cuyo objetivo sea la edición apropiada de una obra, jugar a la figura de autor que carece de obra y sistema literario pero que opera en la histeria modo selfie. La cultura del spam es previa a la demoníaca ascensión de los bots y la inteligencia artificial; de hecho, la estupidez artificial propone mejores respuestas a los acertijos del new age: donde el I Ching, la numerología, el Gita, incluso la Biblia y otros textos sagrados, la meditación o la contemplación han perdido numerarios (porque son prácticas espirituales y de lectura gratuitas), ese hueco lo devoran con desesperación los coaches de vida, los oradores TED, los curanderos digitales y las brujitas de oficina.
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“Ya si usté ve que sufre de la impotencia, siente ese deseo sexual pero no puede, ya está muerto en vida, parece como un buey solamente para trabajar, entonces haga el esfuerzo que yo le preparo el vino de los dieciocho guacos, para que usté otra vez comience directamente a relinchar como relinchaba antes, así como el caballo cojudo, querido hermanito. Bueno, tiene la sangre de leopardo, felino, pelícano, pluma de lauca macho, furia de la raya tigra, hormona del tigre mariposo, todo eso tiene en realidad, hermanito querido del alma, ya sabe usté que todos estos ingredientes los puede conseguir en Liniers, en Capital Federal, Buenos Aires, ahí los consiguen; muchos de ustedes dicen ‘Sí, maestro, preparemé un vinito que yo quiero directamente recuperar de la impotencia’, esto tiene costo, ahí sí le digo: tiene costo. Yo le doy la fórmula, ¿cómo lo hace? Yo le doy la fórmula: ya tiene que conseguirse tres gallos, un pato y conseguir la cascota del morrocoy colorado…”.
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En México, por ley, los Testigos de Jehová tienen prohibido tocar el timbre de las casas: se considera una afrenta a la privacidad el proselitismo religioso a domicilio, ya que no supone una emergencia ni un servicio, y se lo compara con el correo spam. Semejante medida, a sabiendas lógica y coherente, no habría sido posible si México no fuera un país noventa por ciento católico con una fuerte presencia del poder de la Iglesia, que odia a sus competidores cuando nos los quema en aceite y exhibe sus cabezas en altas lanzas. En el norte de Argentina, los enemigos de la Iglesia Católica son los pueblos originarios, a quienes denominan paganos desgraciados que adoran a “espíritus del monte”, a la hora de referirse a su patrimonio intangible de mitos y leyendas que son la columna vertebral de su modo de vínculo con el espacio, la naturaleza, el territorio y lo generacional. Por crueldad semántica, las nomenclaturas del credo oficial se superponen a los idiomas ancestrales: todo comienza y termina en la palabra.
Para los nacidos en la década de la asquerosa alegría, toda experiencia de ostentosidad cipaya y concordancia con la corriente hollywoodense de cuerpo y mercado, suponía la reafirmación mediática y social de una proyección de éxito y luminosidad, y también la evidencia de un sentido moral superior, no casualmente idéntica a la verborragia retro menemista que, como una cienciología tercermundista y unitaria, comparte los postulados del clasismo y la necesidad de ubicarse dentro de los no pobres dominantes. Es por ello que las caras visibles de El Primer Día del Resto de Tu Vida (un evento denominado “de alto impacto que tiene la visión de expandir la consciencia, revolucionar la educación y abrir la mente a todas las oportunidades que nos brinda el mundo que se viene”) encuentran en el monólogo autorreferencial el modo ―supuestamente― más efectivo para trascender la comunicación a través ya no del sentimiento de identificación sino del deseo. “Vivía en Cancún, en la playa, trabajaba de lo que me gustaba, ganaba en dólares, pero no era feliz, así que ahora estoy acá para ayudarlos a que ustedes encuentren su propio camino” (¿?). La cita es textual, el absurdo es literal: todos los absurdos son literales si se presta atención a las herramientas dialécticas que operan a nivel emocional desde una figura de autoridad de supuesto éxito, algo que cualquier mortal terrestre debería envidiar (lo que, por consiguiente, enarbola una aureola comunitaria de suprahumano ante la generosidad de otorgar las claves para vivir como ese santo ha vivido antes: donde la extranjería de lo berreta responde inofensivamente al turismo de la propaganda oficial, aspirando a la divisa imperial y nuevamente la serpiente que devora su cola a través de la depresión y orgías frustrantes). Los eventos son pletóricos de palmas, choques de puños, hacer ruido con los pies, levantarse y volver a sentarse (todos movimientos rituales similares a la liturgia apostólica romana), gritar en voz alta y en primera persona (testificar al estilo evangelista) y gastar, siempre gastar. Aunque se prefiere el uso del término invertir, que asegura un eufemismo conceptual sobre la transacción y la promesa.
―¿De qué se trata el encuentro, qué es lo que la gente hace ahí?
―Vamos a dejar la sorpresa para los que asistan…
La sorpresa, en realidad, es la incapacidad de poder articular una respuesta. Un tartamudeo conceptual aqueja a todos estos vendedores de autos devenidos oradores del counseling de parrilla. Donde la captación de clientes se disfraza de servicio a la comunidad, donde la estafa piramidal se disfraza de emprendedurismo, y donde el rol de influencers pro hegemónicos libertarios se disfrazan de motivadores o conocedores de salud mental. Máscaras. El universo está conformado por máscaras.
El poeta, antes de que le corten la cabeza y la incrusten en una lanza para que todos los habitantes del village puedan contemplarla, cercenada y de a poco siendo comida por los pájaros, decide renunciar al beneficio de las últimas palabras: cree más valiente la entrega impertérrita al silencio. Sin embargo, el verdugo insiste: sos un poeta, deberías decir algo, de seguro va a quedar en la historia y luego, ahí sí, mi hacha te silenciará para siempre, no le quites a mi hacha la posibilidad de engendrar el silencio. El poeta entonces, sin atisbo de duda o resistencia, promete lo que no es una revelación, sino la confirmación del cáncer cultural del mundo:
“No me gustan los jipis, no me gustan los hippies, no me gustan los sahumerios”, tararea el poeta las estrofas de la canción homónima de Flemita, aunque falten siglos para que esa banda también nazca y perezca.
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El periodismo está muerto. Como dios, hace rato que ha dejado de crear. En este pueblo, todo comunicador social, reportero, movilero, conductor radial, locutores y directores de espacios audiovisuales, se dedican única y exclusivamente a una actividad mercantil. Andar corriendo detrás del comerciante local para ver si te banca el auspicio del programa o no, como evangelistas hartantes que buscan inmiscuirse en los rincones más privados, para ver si la publicidad (o la dinámica dizque influencer del canje) ayudará a que su espacio periodístico siga en pie un mes más. ¿Y de qué se trata el espacio? De nada: solamente releer los titulares del diario que ya escribió otro, hacer un palimpsesto entre el copypaste y la opinión personal. Atrás, mucho tiempo atrás, quedó la investigación, el cotejar datos en pos de generar contenido original, la redacción de noticias o incluso la soporífera y arcaica resolución de los parte de prensa oficiales. Mientras, los curanderos del nuevo siglo se entrometen a buscar esos espacios. Pastores evangélicos femicidas que estuvieron trece en la cárcel por apuñalar a su mujer en el cuello, salen en libertad como ejemplos de conversión y ocupan estos espacios radiales y televisivos. El alemán, le dicen. Los nazis eran buenos periodistas de propaganda simbolista. En la era del worldcoin, el cristianismo en decadencia se fusiona con el éter y aseguran que la cumbia religiosa es lo que saca a los adictos del paco, los ponen a hornear pan y salir a la calle con canastas llenas de discursos aprendidos de memoria como estudiantes de humanidades que no pueden decir ni media palabra sin la sagrada diapositiva que les permita memorizar catedráticamente aquello que sus pequeños cerebros inundados de TikTok no logran retener. El alemán mató a su mujer a cuchilladas y ahora salva almas. Yanny, gran guitarrista de los años setenta, líder de la frecuencia modulada a través de la cual la cumbia amazónica robada a Los Mirlos del Perú, cantaba sobre lo copado que es ser mayor de edad y violar adolescentes. “Tú tienes quince años / yo soy mayor de edad / la edad es lo de menos / la cama ya está lista”, cantaba Yanny en las bailantas familiares, “No llores, nena / es la primera vez / no llores, nena / la vida es así”. Yanny es el pastor evangélico más popular del pueblo, juró al Señor no volver a tocar cumbia, sin embargo sus fieles logran que haga unos jeites en cada campaña religiosa.
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La noticia me la pasa un amigo: “Robaron el Santísimo Sacramento de la Parroquia Santa Rosa de Lima”, y los fieles van a hacer una “misa de desagravio” ante semejante hecho que deja atrás la delincuencia materialista para revolcarse en el fango del ocultismo satánico del dañino alcaloide: el diario El Tribuno, decididamente patriarcal y católico, sin temor en generalizar una comunidad bajo el yugo imperante del conservadurismo payasesco de los gerontes, sentencia que “este hecho vandálico es una herida abierta en el corazón de nuestra comunidad”. ¿De qué comunidad se habla desde la primera persona del plural? ¿Qué comunidad es esa, afincada en la figuración de una pertenencia abstracta y polvorienta? La comunidad, mientras tanto, se prende fuego. Pastizales e incendios forestales ardiendo desde la ruta hasta los pulmones.
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―Estás constelando.
―¿Qué?
―Estás constelando…
―¿Qué mierda significa eso? Salí de acá, sos un holograma.
Mario Flores
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