dos o tres renglones conmueven la estabilidad
Respiración compasiva el cuerpo busca aproximarse al cuerpo, bolsa de plomo, latir agitado, tenue zumbido del vuelo en los oídos en espasmos de éxtasis.
Adentro del saco que es el cuerpo páginas sin fin hasta que un giro un tono, algo abre la puerta al silencio a ese cuarto donde todavía no empapelaron las palabras las paredes. Una habitación para el lenguaje el sonido lo que todavía no, un cuarto de nada, vacío para lo que es y no se habita. Una pieza abierta sin techo por donde vuelan vestigios de libros.
El favor del olvido que resuelve la pesadumbre del ya visto para una lectura del encuentro, supuesta posible solo una vez. Horas delante de frases, no para la memoria sino por el asombro. Parece una enfermedad con el lenguaje, un exceso en las palabras, pierden efecto o las palabras se vuelan o aparecidas se llevan algo ajeno a ellas, o en las palabras algo deja de pertenecer después del sonido. El primer aliento que se va al descubrir una línea y después no vuelve ni se recupera; no, en el recuerdo tampoco; no en la relectura.
Las ventanas como ojos vacíos de los Usher, no lo sinestro de una mirada ausente, de la oscuridad que observa sino de cuenca hueca, la mirada de la ausencia de extinción, de algo en cese permanente, callado, mientras en pie las paredes cual cáscara donde las ventanas abiertas, tristeza por el deterioro o de dónde. Desorden mental que se traspapelen las páginas materiales.
Ante el vicio de leer, ineludible el momento de caída a que cada uno cuenta la historia de una manera. Y no queda sino leer versiones, una y otra vez de la única cosa, reducida finalmente al axioma de creer haya algo para decir. Entreleer, al únisono paralelas lector salteado texto roto. “El lector salteado es el más expuesto conmigo a leer seguido”, cuando la línea deriva en otra línea, una por fuera de la presente que llama desde la sombra de las cimientes de la fantasía que le da consistencia a la realidad.
Huidas hechas de los lacres de lo antes leído que haya impresionado, pantallazos de configuraciones visuales que difusas imantan. Búsqueda cuando lectura en lugar de encontrar el silencio fundamental da con huecos abiertos en el ruido. Entre filos de tijeras de a miles en fricción, agudo el sentido, prístino. Alrededor de una palabra se centrifuga en cámara lenta un escenario hecho de relatos, alrededor de la palabra teatro de la ópera se centrifugan los pasillos de madera del teatro del ventrílocuo, abajo el lago sin cielo, los palcos, la atmósfera ahogada de las butacas cubiertas de polvo barato de doncella, perfumes de tabaco, cenizas, el aire de la noche, la lujuria del embote de las bocas pasivas que aspiran un tipo de arte, el de las prácticas burguesas de pequeña sociedad, después la dispersión. De nuevo al párrafo donde el asalto del teatro de la ópera: aunque el nuevo teatro de la ópera nunca fue nada más que una estructura toscamente construida y trampa mortal en caso de incendio, representaba un esfuerzo cívico de rehabilitación o, al menos, ésa era la impresión que daba, etcétera.
Aquello que se recupera en el salto de una línea a una imagen que se reconstruye para sortear el hueco que abre la palabra en la mirada, que tenga que ver con lo presente es tan otra cosa. Esa crítica erigida en el sentido como causa, banal y lábil, no está prohibida y no está demás para la risa. En qué Ligotti se parece a Leraux y sin embargo no es excluyente que, con retruécanos del significado, a alguien podría costarle poco hacer argamasa, salsa, tufo, sopa de sapo como en ollas de hechiceros, elixires para la glotonería. Para el asombro, para verdad basta el roce compacto de un cuerpo sobre el pavimento, ese estallido, exhalación del bioma que cae sin testigo en medio de la ruta, despedido afuera del auto, una rueda explota y la vida calma su agite. Movimiento de la sangre abierta al oxígeno turbio del afuera.
El lector salteado lee algo distinto que frases contundentes, sentenciosas ahogadas de sentido, levanta la mirada ante aquellas palabras que fisuran la compacidad del lenguaje y le llevan en una ráfaga a otra zona, esa superficie, otro paisaje en el que se refracta no espejos infinitos sino en antifractales y le retira así de la repetición insufrible de lo mismo, la semántica coagulada, del frío de las palabras a un territorio de sonidos liberados, sueltos sin asidero. Cierto que otro tipo de angustia circunda el cuerpo lector en estas circunstancias pero no son los dientes de lo establecido ni de lo acabado y hay alivio en eso. Porque el mundo está suficientemente hecho, la materia definida y los átomos acostumbrados a sus cohesiones de cosas ya experienciadas por los sentidos, ese tedio.
Inventa la sucesión de palabras una continuidad que en la vida falta. La mente en el diálogo interior demora en hacer encajar las piezas que la cámara visual orgánica ofrece en fotogramas dispersos. A veces la lectura se enrarece, cuando mirar repara con brusquedad en que el ambiente en el que se encontraba se esfumó y transita ahora un lugar desconocido. El arte de la transición bien tratado hace de un escritor un director y uno que falle en esos trances hará del texto un enclenque. Esa escena en Stalker cuando el carro de ferrocarril nos lleva a través de la bruma a otro lugar, una fantasía lograda. Se adora la literatura porque da ese transcurrir ordenado de un lugar a otro, se desarrollan los problemas que se plantean con espera gratificada, sin letra que no venga al caso y en el caso de que los problemas se acumulen, uno a uno irán desenvolviendo su trama en secuencia, no hay el caos de existir en que todo pasa a la vez. Las decisiones las toma otro y los finales, si no gustan, se pueden despotricar pero de la propia vida no hay a quién decirle.
A la literatura que no se le cuestiona la continuidad la sostiene subrepticiamente el cuerpo del escritor, su figura, deidad; al lector salteado lo encarrila la escritura, la carne por definición de las palabras que es el destiempo, lo fragmentario, el corte, ese suspenso.
Maira Rivainera
NOTA
La frase teatro de la ópera se lee en el cuento El gestor de la ciudad de Th. Ligotti
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